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Juan Pablo II - Ecclesia in Europa 28 junio 2003

ECCLESIA IN EUROPA

Exhortación apostólica postsinodal de Juan Pablo II a los Obispos, a los presbíteros y diáconos, a los consagrados y a todos los fieles laicos sobre Jesucristo vivo en su Iglesia, fuente de esperanza para Europa.
28 de junio de 2003
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56. Se trata más bien de tomar mayor conciencia de la relación que une a la Iglesia con el pueblo judío y del papel singular desempeñado por Israel en la historia de la salvación. Como ya se hizo notar en la I Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos y se ha reiterado también en este Sínodo, se han de reconocer las raíces comunes existentes entre el cristianismo y el pueblo judío, llamado por Dios a una alianza que sigue siendo irrevocable (cf. Rm 11,29)[101] y que ha alcanzado su plenitud definitiva en Cristo.
Es necesario, pues, favorecer el diálogo con el hebraísmo, sabiendo que éste tiene una importancia fundamental para la conciencia cristiana de sí misma y para superar las divisiones entre las Iglesias, y esforzarse para que florezca una nueva primavera en las relaciones recíprocas. Esto comporta que cada comunidad eclesial debe ejercitarse, en cuanto las circunstancias lo permitan, en el diálogo y la colaboración con los creyentes de religión hebrea. Dicho ejercicio implica, entre otras cosas, que «se recuerde la parte que hayan podido desempeñar los hijos de la Iglesia en el nacimiento y difusión de una actitud antisemita en la historia, y que pida perdón a Dios por ello, favoreciendo toda suerte de encuentros de reconciliación y de amistad con los hijos de Israel»[102]. En este contexto, por lo demás, habrá que recordar también a los numerosos cristianos que, a veces a costa de la propia vida, sobre todo en periodos de persecución, han ayudado y salvado a estos «hermanos mayores» suyos


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[100] Carta enc. Redemptoris missio (7 diciembre 1990), 36 l.c., 281
[101] Declaración Final (13 diciembre 1991) II Asamblea especial para Europa del Sínodo de los Obispos, Instrumentum laboris, 62; Propositio, 10.
[102] Propositio 10 ; cf. Comisión para las Relaciones religiosas con el hebraísmo; Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoah, 17 marzo 1998.
[103] I Asamblea especial para Europa del Sínodo de Obispos, Declaración final (13 diciembre 1991)
[104] Cf. Propositio 11.
[105] Cf. ibíd.
[106] Discurso al Cuerpo Diplomático (12 enero 1985), 3
[107] Conc. Ecum. Vat. II, Decl. Dignitatis humanae, sobre la libertad religiosa, 2.

Juan Pablo II - Discurso al Congreso Judío Mundial 22 mayo 2003

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II
al CONGRESO MUNDIAL JUDÍO
Vaticano, 22 de mayo de 2003

Mensaje del Santo Padre al recibir a quince representantes del Congreso Mundial Judío y del Comité Internacional Judío para las Relaciones Interreligiosas:
«Siento un gran placer al recibir en el Vaticano a distinguidos representantes del Congreso Mundial Judío y del Comité Internacional Judío para las Relaciones Interreligiosas. Vuestra visita me trae a la memoria los lazos de amistad que se han desarrollado desde que el Concilio Vaticano II emitió la Declaración Nostra Aetate y puso nuevas y positivas bases a las relaciones entre judíos y católicos.
La Palabra de Dios es una lámpara y una luz en nuestro camino; nos mantiene vivos y nos da nueva vida (Ps 119,105-107). La Palabra fue dada a nuestros hermanos y hermanas judíos especialmente en la Torá. Para los cristianos esta Palabra encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Aunque mantenemos e interpretamos esta herencia de forma diferente, las dos comunidades nos sentimos obligadas a dar testimonio de la paternidad de Dios y de su amor hacia todas las criaturas.
Aunque el mundo de hoy está con frecuencia marcado por la violencia, la represión y la explotación, estas realidades no representan la última palabra sobre el destino humano. Dios promete un Nuevo Cielo y una Nueva Tierra (Is 65,17; Apoc 21,1). Sabemos que Dios enjugará todas las lágrimas (Is 25,28) y que desaparecerá toda aflicción y todo dolor (Apoc 21,4). Judíos y cristianos creemos que nuestras vidas son un viaje hacia el cumplimiento de las promesas de Dios.
A la luz de la herencia religiosa común que compartimos, podemos considerar esta oportunidad como un desafío para realizar esfuerzos conjuntos por la paz y la justicia en nuestro mundo. La defensa de la dignidad de cada ser humano, hecho a imagen y semejanza de Dios, es una causa que debe comprometer a todos los creyentes. Este modo de colaboración práctica entre cristianos y judíos requiere valor y visión, y también confianza en que es Dios quien saca el bien a partir de nuestros esfuerzos: "Si el Señor no construye la casa, los que la construyen trabajan en vano" (Ps 127,1). Queridos amigos, quiero infundiros ánimo en vuestro compromiso para ayudar a los niños que sufren en Argentina. Es mi ferviente esperanza y oración que el Todopoderoso bendiga todos vuestros proyectos. Que Él os acompañe y guíe vuestros pasos en el camino de la paz» (Lc 1,79)

Juan Pablo II - Discurso a la Pontificia Comisión Bíblica 11 abril 1997

 

DISCURSO DE JUAN PABLO II
A LA PONTIFICIA COMISIÓN BÍBLICA

11 de abril 1997


Señor cardenal, le doy gracias de corazón por los sentimientos que ha tenido a bien manifestarme hace un momento al presentarme a la Pontifica Comisión Bíblica, al comienzo de su mandato. Saludo cordialmente a los miembros antiguos y nuevos de la Comisión presentes en esta audiencia. Saludo a los “antiguos” con viva gratitud por las tareas ya desarrolladas y a los “nuevos” con particular alegría, suscitada por la esperanza. Me alegra tener así la ocasión de encontrarme personalmente con todos vosotros y de repetiros a cada uno cuánto aprecio la generosidad con que ponéis vuestra competencia de exégetas al servicio de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia.

El tema que habéis empezado a estudiar en el curso de vuestra actual sesión plenaria es de enorme importancia: trátase en efecto de un tema fundamental para una correcta comprensión del misterio de Cristo y de la identidad cristiana. Quisiera en primer lugar subrayar esta utilidad, que podríamos definir ad intra. Ella se refleja además inevitablemente en una utilidad -por así llamarla- ad extra, pues la conciencia de la propia identidad determina la naturaleza de las relaciones con las demás personas. En este caso determina la naturaleza de las relaciones entre cristianos y hebreos.


El error de separar uno y otro Testamento

Desde el siglo segundo después de Cristo, la Iglesia se ha hallado ante la tentación de separar completamente el Nuevo Testamento del Antiguo y de oponerlos el uno al otro, atribuyéndoles dos orígenes distintos. Según Marción, el Antiguo Testamento procedía de un Dios indigno de tal nombre, pues era vengativo y sanguinario, mientras que el Nuevo Testamento revelaba al Dios reconciliador y generoso.

La Iglesia ha rechazado con firmeza este error, recordando a todos que la ternura de Dios ya se manifiesta en el Antiguo Testamento. La misma tentación marcionita vuelve a presentarse, por desgracia, en nuestro tiempo. Lo que, sin embargo, se da con mayor frecuencia es la ignorancia de las profundas relaciones que vinculan el Nuevo Testamento al Antiguo, ignorancia de la que se deriva en algunos la impresión de que los cristianos no tienen nada en común con los hebreos.

Siglos de prejuicios y de oposición recíproca han excavado un foso profundo, que la Iglesia se esfuerza ahora en colmar, impulsada en esta dirección por la toma de posición del Concilio Vaticano II. Los nuevos leccionarios litúrgicos han dado mayor espacio a los textos del Antiguo Testamento, y el Catecismo de la Iglesia Católica se ha preocupado de abrevarse continuamente en el tesoro de las Sagradas Escrituras.


Jesús y el Antiguo Testamento

Realmente, no puede expresarse de manera plena el misterio de Cristo sin recurrir al Antiguo Testamento. La identidad humana de Jesús se define a partir de su vínculo con el pueblo de Israel, con la dinastía de David y la descendencia de Abraham. Y no se trata tan sólo de una pertenencia física. Participando en las celebraciones de la sinagoga, donde se leían y comentaban los textos del Antiguo Testamento, Jesús tomaba también conocimiento -desde el punto de vista humano- de tales textos; con ellos alimentaba el espíritu y el corazón, utilizándolos después en la oración e inspirándose en ellos para su conducta.
De esta manera se hizo un auténtico hijo de Israel, hondamente arraigado en la larga historia de su pueblo. Cuando empezó a predicar y a enseñar, se abrevó abundantemente en el tesoro de las Escrituras, enriqueciendo este tesoro con nuevas inspiraciones e iniciativas inesperadas. Estas -nótese bien- no aspiraban a abolir la antigua revelación, sino, al contrario, a llevarla a su propio y perfecto cumplimiento. La oposición cada vez más consistente a la que hubo de enfrentarse hasta el Calvario, fue entendida por él a la luz del Antiguo Testamento, que le revelaba la suerte reservada a los profetas. También sabía él, por el Antiguo Testamento, que al final el amor de Dios siempre resulta victorioso.

Privar a Cristo de la relación con el Antiguo Testamento es por tanto separarlo de sus raíces y vaciar de todo sentido su misterio. En efecto, para ser significativa, la Encarnación necesitó enraizar en siglos de preparación. De no haber sido así, Cristo habría resultado como un meteoro precipitado accidentalmente a la tierra y exento de conexión con la historia de los hombres.


El cristiano injertado en el tronco de Israel

La Iglesia ha entendido correctamente, desde sus orígenes, el arraigo de la Encarnación en la historia y -por consiguiente- ha acogido en su plenitud la inserción de Cristo en la historia del pueblo de Israel. Ella ha considerado las Escrituras hebreas como Palabra de Dios perennemente válida, dirigida a ella, amen que a los hijos de Israel. Resulta de primaria importancia mantener y renovar esta toma de conciencia eclesial de las relaciones esenciales con el Antiguo Testamento. Estoy seguro de que vuestros trabajos contribuirán a ello de manera excelente, razón por la que me alegro de antemano, dándoos las gracias de todo corazón.

Vosotros estáis llamados a ayudar a los cristianos a que comprendan bien su propia identidad. Identidad que se define en primer lugar gracias a la fe en Cristo, Hijo de Dios. Pero esta fe es inseparable de la relación con el Antiguo Testamento, dado que es fe en Cristo “que murió por nuestros pecados, según las Escrituras” y “que resucitó (...), según las Escrituras” (1 Co 15, 3-4) El cristiano debe saber que -con su adhesión a Cristo- ha llegado a ser “descendencia de Abraham” (Ga 3,29) y que ha sido injertado en el olivo bueno (cf. Rm 11, 17-24), es decir, insertado en el pueblo de Israel, para ser “partícipe de la raíz y de la savia del olivo” (Rm 11, 17). Si posee esta fuerte convicción, ya no podrá aceptar que los hebreos como tales sean despreciados o, peor aún, maltratados.

Al decir esto, no ignoro que el Nuevo Testamento conserva vestigios de manifiestas tensiones que existieron entre comunidades cristianas primitivas y algunos grupos de hebreos no cristianos. San Pablo mismo atestigua, en sus cartas, que en su calidad de hebreo no cristiano había perseguido encarnizadamente a la Iglesia de Dios (cf Ga 1, 13; 1Co 15, 9; Flp 3,6). Estos dolorosos recuerdos han de superarse en la caridad, según el precepto de Jesús. La labor exegética debe preocuparse por avanzar siempre en esta dirección y contribuir de esta manera a disminuir las tensiones y a disipar los malentendidos.

Precisamente a la luz de todo lo dicho, la labor que habéis emprendido es de enorme importancia y merece llevarse adelante con atención y entrega. Si bien entraña ciertamente aspectos difíciles y puntos delicados, es labor muy prometedora, rica de grandes esperanzas. Hago votos para que sea muy fecunda para la gloria del Señor. Con este deseo, os aseguro un recuerdo constante en la oración y os imparto de corazón a todos una especial bendición

Juan Pablo II - Sobre la Declaración Nostra Aetate - febrero 1996

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II

 

Febrero 1996

 

La Declaración Nostra Aetate es el documento más breve del Concilio Vaticano II. Sin embargo, a nadie puede escapar su importancia y su novedad, porque ha señalado el camino de la relación entre los cristianos y los seguidores de otras religiones bajo la norma de la recíproca estima, del diálogo y de la colaboración en beneficio del auténtico bien del hombre.

 

La historia, por desgracia, ha conocido páginas oscuras de hostilidad en nombre de las convicciones religiosas. La Declaración recuerda que Dios es el fundamento sólido de la fraternidad humana: “Todos los pueblos forman una comunidad, tienen un mismo origen (...), y tienen también el mismo fin último, que es Dios, cuya providencia, manifestación de bondad y designios de salvación se extienden a todos” (n. 1).

 

Ciertamente esta afirmación no debe conducir al relativismo en la concepción de la verdad. La Iglesia, por tanto, no incumple su deber de anunciar con energía siempre nueva que solamente Cristo, Hijo de Dios encarnado, es el “camino, la verdad y la vida” (Jn. 14,6), y solamente en El los hombres encuentran la plenitud de la vida religiosa (n.3).

 

Pero esto no debe conducir a minimizar el valor de los elementos positivos presentes en muchas religiones. La misma Declaración Conciliar señala de forma particular las riquezas espirituales del Hinduismo, del Budismo, del Islamismo y de las religiones tradicionales: “la Iglesia católica nada rechaza de lo que en estas religiones hay de verdadero y santo. Considera con sincero respeto los modos de obrar y de vivir, los preceptos y doctrinas, que, aunque discrepan en muchas cosas de lo que ella profesa y enseña, no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres”. (n.2)

 

La Declaración reserva una atención especial a los hermanos judíos, con los cuales el cristianismo tiene una relación particularmente íntima. La fe cristiana, en efecto, tiene sus comienzos en la experiencia religiosa del pueblo judío, del que procede Cristo según la carne. Compartiendo con los judíos la parte de la Escritura que aparece bajo el nombre de Antiguo Testamento, la Iglesia continúa viviendo de aquel mismo patrimonio de verdad, releyéndolo a la luz de Cristo. La inauguración de los tiempos nuevos, por El cumplida con la nueva y eterna Alianza, no destruye la antigua raíz, sino que la abre a una fecundidad universal. En consideración a lo dicho, no puede dejar de despertar intenso dolor el recuerdo de las tensiones que tantas veces han caracterizado las relaciones entre cristianos y judíos. Por ello, hagamos nuestra, también hoy, la voz del Concilio que lamentó con firmeza “los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos” (n.4).

 

Que María, modelo del espíritu religioso, impulse a los creyentes de todas las religiones a vivir en escucha de Dios, en la fidelidad a las exigencias de la verdad percibida. Que su intercesión ayude a la Iglesia a unir la coherencia al testimoniar la verdad con la capacidad de dialogar con todos. Que aprendan los hombres de todas las creencias a conocerse, a estimarse, a colaborar, para construir juntos, según el designio de Dios, la paz y la fraternidad universal

Juan Pablo II - Discurso al Primer Embajador de Israel ante la Santa Sede 29 septiembre 1994

DISCURSO DE JUAN PABLO II al

PRIMER EMBAJADOR DE ISRAEL ANTE LA SANTA SEDE

 

Vaticano, 29 de septiembre 1994

 

Señor Embajador:

 

1. Con viva satisfacción acojo a su excelencia para la presentación de las cartas que lo acreditan como primer embajador extraordinario y plenipotenciario del Estado de Israel ante la Santa Sede. Todos reconocerán la importancia de esta ceremonia porque de este modo las relaciones diplomáticas establecidas recientemente se hacen efectivas con la presencia de un jefe de misión del rango más elevado, en aplicación del Acuerdo Fundamental firmado el 30 de diciembre de 1993 en Jerusalén.

 

Me agrada recordar hoy que en el pasado ya tuve la oportunidad de recibir aquí a muchas altas personalidades del Estado de Israel, así como mis predecesores lo habían hecho antes. Teniendo en cuenta los puntos de vista diferentes sobre ciertos temas, esos contactos han permitido encaminarse hacia el diálogo orgánico que ha sido confiado, hace ya más de dos años, a la Comisión bilateral permanente de trabajo. Quiero expresar mi gratitud a los miembros de dicha Comisión. Ambas partes se han dedicado con competencia a intercambios profundos de puntos de vista, que han llevado a la firma del Acuerdo Fundamental, abriendo una era nueva en nuestras relaciones.

 

2. Señor embajador, le agradezco las palabras que acaba de pronunciar y que me han conmovido mucho. Como usted subrayaba, es verdad que las relaciones diplomáticas no constituyen un fin en sí mismas, sino que representan un punto de partida para una colaboración específica, teniendo en cuenta la naturaleza propia de la Santa Sede y del Estado de Israel. El estudio de diversas cuestiones bilaterales prosigue, como lo dispuso el Acuerdo del 30 de diciembre del año pasado, instituyendo dos subcomisiones que deben permitir avanzar juntos por el camino de una colaboración fundada en bases sólidas.

 

Además la colaboración no concierne sólo a la Santa Sede y al Estado de Israel, sino que implica igualmente una relación de confianza entre las autoridades israelíes y las diferentes instituciones de la Iglesia católica presentes en el suelo de Tierra Santa.

 

3. Usted ha dicho que, más allá de las negociaciones bilaterales, la Santa Sede y el Estado de Israel -cada uno según sus competencias y los medios de acción que le son propios- tienen que promover los principios esenciales que evoca su Acuerdo Fundamental. Ante todo, se comprometen a respetar el derecho a la libertad de religión y de conciencia, condición indispensable para el respeto de la dignidad de todo ser humano. Colaboran para oponerse a toda forma de intolerancia, cualquiera que sea el modo en que se manifieste. De manera muy especial, rechazan con atención todo antisemitismo, sabiendo que se han debido constatar también recientemente manifestaciones deplorables del mismo.

 

4. En muchos lugares del mundo violentos conflictos siguen desgarrando, desgraciadamente, a numerosos pueblos. La Santa Sede, teniendo en cuenta su misión específica, no escatima esfuerzos para que se superen las oposiciones o los resentimientos, con frecuencia de origen lejano, a fin de abrir los caminos de paz. Sin la paz, el desarrollo integral del hombre se ve entorpecido, la supervivencia de grupos enteros comprometida, y la cultura e incluso la identidad de más de una nación, amenazada de desaparición.

 

Así pues, se ha de alentar el proceso de paz en Oriente Medio, por el que la Santa Sede formulaba votos desde hacía tiempo. El camino que hay que recorrer sigue siendo largo y arduo, pero ya no parece una utopía afirmar que puede reinar la confianza mutua entre los pueblos de Oriente Medio. Al comprobar con satisfacción lo que los responsables de Israel y de toda esa región han hecho, invoco sobre ellos la ayuda del Omnipotente, para que les sea dado proseguir sus esfuerzos con la audacia de la paz.

 

5. Señor embajador, usted ha recordado también el deseo de que las instituciones culturales de su Estado intensifiquen su colaboración con las instituciones culturales de la Iglesia católica. Acojo con tanto más agrado ese propósito cuanto que los intercambios universitarios ya emprendidos en diversas circunstancias me parecen muy de desear. Esto es verdad, en general, pues la vida intelectual se beneficia naturalmente de ellos. Y es muy oportuno en la medida en que tenemos en común una parte importante de nuestras raíces culturales, comenzando por los escritos de la Biblia, el Libro de los Libros y fuente siempre viva. Entre judíos y miembros de la Iglesia, la concepción del hombre, de su vocación espiritual y de su moralidad recibe de los Libros Santos una iluminación singular. Puede resultar útil para unos y otros poner en común su saber, a fin de profundizar la comprensión de las Escrituras y conocer mejor las civilizaciones y el cuadro histórico en el que se han desarrollado a lo largo de tantos siglos, sobre todo mediante la arqueología, la filología y el estudio de las tradiciones religiosas doctrinales y espirituales.

 

6. El carácter peculiar de las relaciones entre el Estado de Israel y la Santa Sede resulta muy evidente gracias al carácter único de esa Tierra a la que dirigen su mirada la mayoría de los creyentes, judíos, cristianos y musulmanes de todo el mundo. La revelación del Dios único a los hombres ha hecho que esa Tierra sea santa; lleva para siempre su sello, y no deja de ser un lugar de inspiración para los que pueden ir allí en peregrinación. De manera muy especial, los creyentes de las grandes religiones monoteístas se dirigen hacia la Ciudad Santa de Jerusalén, que, según sabemos, sigue siendo aún hoy teatro de divisiones y conflictos, pero que es un “patrimonio espiritual para todos los que creen en Dios” (cf. carta apostólica Redemptionis anno, sobre la Ciudad Santa de Jerusalén, 20 de abril de 1984: L’Osservatore Romano, edición en lengua española, 6 de mayo de 1984, p. 17) y, como significa su admirable nombre, un lugar de encuentro y un símbolo de paz. Además es de desear que el carácter único y sagrado de esa Ciudad Santa sea objeto de garantías internacionales, que aseguren también su acceso a todos los creyentes. Como tuvo la oportunidad de escribir, “pienso en el día en que los judíos, cristianos y musulmanes puedan intercambiarse en Jerusalén el saludo de paz” (ib.).

 

7. Señor embajador, usted mismo ha insistido en el significado histórico de esta ceremonia, más allá de las convenciones diplomáticas habituales. En efecto, se abre una época nueva en las relaciones entre la Santa Sede y el Estado de Israel, para un diálogo continuo y una colaboración activa en los campos que acabo de mencionar. Todo esto va a contribuir a intensificar el diálogo entre la Iglesia Católica y el pueblo judío de Israel y del mundo entero. La comprensión mutua ya ha registrado un progreso importante, sobre todo gracias al impulso del Concilio Vaticano II (declaración Nostra Aetate). Deseo que prosigan y se profundicen esos intercambios judío-cristianos, y que permitan a unos y a otros servir mejor a las grandes causas de la humanidad.

 

8. Usted, excelencia, se ha hecho portavoz de los sentimientos del presidente del Estado de Israel y del Gobierno del país, así como de sus anhelos, en una circunstancia muy importante por su significado. Le ruego que transmita a las altas autoridades del Estado de Israel mi gratitud por su mensaje y mis deseos sinceros para la realización de sus tareas al servicio de la concordia y de la paz, que sus compatriotas tanto anhelan.

 

Excelencia, formulo también votos calurosos por el feliz desempeño de su misión y de su estancia en la ciudad de Roma. Puede estar seguro de que mis colaboradores lo acogerán siempre gustosos y le brindarán la ayuda que necesite.

 

Bendiciendo al Altísimo, que ha permitido este encuentro histórico, le pido que conceda a Vd., así como a sus seres queridos y a todos su compatriotas, la abundancia de sus dones.

Juan Pablo II - Discurso a los Obispos Alemanes diciembre 1992

DISCURSO DE JUAN PABLO II

A LOS OBISPOS ALEMANES

Diciembre 1992

 

 

Defender a los judíos: Deseo exhortaros a comprometeros de modo particular en la protección de nuestros hermanos judíos. La violación de sinagogas y los ataques contra los monumentos conmemorativos que, vista su historia dolorosa, son de gran importancia para los judíos, no pueden tolerarse de ningún modo.

 

Los padres del Concilio Vaticano II eran conscientes de la particular relación que debe existir entre cristianos y judíos, cuando afirmaron en la Declaración sobre las Relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas: “Como es, por consiguiente, tan grande el patrimonio espiritual común a cristianos y judíos, este sagrado concilio quiere fomentar y recomendar el mutuo conocimiento y aprecio entre ellos, que se consigue, sobre todo, por medio de los estudios bíblicos y teológicos y con el diálogo fraterno” (Nostra Aetate, 4). Debéis, por tanto esforzaros para lograr que vuestros compatriotas judíos no se desalienten, sino que permanezcan en vuestra patria, que es también su patria, y sigan participando de su vida religiosa, cultural y científica.

 

Juan Pablo II - Consejo Británico para los cristianos y los judíos 16 noviembre 1990

ENCUENTRO DEL PAPA CON EL CONSEJO BRITÁNICO  

PARA LOS CRISTIANOS Y LOS JUDÍOS

Vaticano, 16 de noviembre 1990

 

Me complace dar la bienvenida al Vaticano a los miembros del Consejo Británico para los Cristianos y los Judíos; os recibo con una palabra llena de gozo, que encierra un significado profundo: ¡Shalom!.

 

La paz es, por encima de todo un don de Dios, la plenitud de la redención para la humanidad y para toda la creación. Esta paz, que hoy está seriamente amenazada, es al mismo tiempo algo que forma parte de la naturaleza racional y moral del hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza de Dios. En el orden humano, la paz exige e implica justicia y misericordia, y culmina en el amor a Dios y al prójimo, que representa la culminación de la enseñanza de la Ley y de los Profetas.

 

Jesús mismo afirma sobre esto: “No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento” (Mt 5,17). ¡El patrimonio espiritual que comparten los cristianos y el pueblo judío es realmente grande! (cf. Nostra Aetate nº 4). Por esta razón, durante el periodo que siguió al Concilio Vaticano II, la cooperación entre los cristianos y los judíos se hizo cada vez más intensa, y me siento muy satisfecho de que estos importantes contactos sigan adelante, como por ejemplo el reciente encuentro que tuvo lugar en Praga.

 

Durante el decimotercer encuentro del Comité Coordinador Internacional Católico-Judío se abordaron los temas del antisemitismo y de la Shoah, al tiempo que la cuestión más vasta de los derechos humanos. Se reconoció justamente que el antisemitismo y todas las formas de racismo son un “pecado contra Dios y la humanidad” y que como tales se deben rechazar y condenar... Aliento de todo corazón al Consejo Británico para los Cristianos y los Judíos a proseguir activamente la intensificación del diálogo amistoso, la comprensión fraterna y el intercambio de los valores espirituales...

 

Con vosotros y con todos los herederos de la fe de Abraham... elevo la oración del salmista: “Pedid la paz para Jerusalem”...

 

Juan Pablo II - Coloquio Internacional teológico entre judíos y cristianos 5 noviembre 1986

II COLOQUIO INTERNACIONAL TEOLÓGICO  

ENTRE JUDÍOS Y CRISTIANOS

Roma 4 y 5 de noviembre 1986

 

 

“Queridos amigos: Me es grato daros la bienvenida con ocasión de vuestro II Coloquio Internacional Teológico católico-judío. En 1985 la facultad de teología de la Pontificia Universidad de Santo Tomás de Aquino, la Liga de Anti-Difamación de B’nai B’rith, el Centro Unione y el “Servicio de Documentación Judeo-Cristiano” (SIDIC), en colaboración con la Comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los Judíos, abrieron este ciclo de investigaciones teológicas con motivo del XX aniversario de la Declaración Conciliar Nostra Aetate. De acuerdo con el espíritu y las perspectivas del Concilio, el tema escogido para vuestro II Coloquio, que está a punto de concluir, es: Salvación y Redención en las tradiciones teológicas judía y cristiana y en la teología contemporánea.

 

La contemplación del misterio de la redención universal inspiró al Profeta Isaías hasta decir admirado: “¿Quién ha medido el Espíritu del Señor? ¿Quién le ha sugerido su proyecto? ¿Con quién se aconsejó para entenderlo, para que le enseñara el camino exacto, para que le enseñara el saber y le sugiriese el método inteligente?” (Is 40,13-14; cf. Rm 11,34). Nosotros estamos invitados ahora a recibir con humilde docilidad el misterio del amor de Dios, Padre y Redentor, y a contemplarlo en nuestro corazón (cf. Lc 2,51) en orden a expresarlo en nuestras obras y en nuestra alabanza.

 

La reflexión teológica es parte de la propia respuesta de la inteligencia humana y así da testimonio de nuestra aceptación consciente del don de Dios. Al mismo tiempo las otras ciencias humanas, tales como la historia, la filosofía y el arte ofrecen también su contribución para una profundización orgánica de nuestra fe. Esta es la razón por la que ambas tradiciones, la judía y la cristiana, han tenido siempre un aprecio tan grande por el estudio religioso. Respetando nuestras respectivas tradiciones, el diálogo teológico basado en una estima sincera puede contribuir en gran manera al conocimiento mutuo de nuestros respectivos patrimonios de fe y puede ayudarnos a ser cada vez más conscientes de nuestros vínculos mutuos en los términos de nuestra comprensión de la salvación.

 

Vuestro Coloquio puede ayudar a evitar el malentendido del sincretismo, la confusión de las identidades de unos y otros como creyentes, la sombra y la sospecha del proselitismo. Efectivamente, estáis llevando a cabo las intenciones del Vaticano II, que ha sido también el tema del subsiguiente documento de la Comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los Judíos.

 

Este esfuerzo común profundizará ciertamente el compromiso común para la construcción de la justicia y de la paz entre todos los hombres, hijos del único Padre celestial. En esta común esperanza por la paz, expresamos confiadamente nuestra alabanza con las palabras del Salmo, invitando a todos los pueblos a rezar: “¡Alabad al Señor, todas las naciones! ¡Exaltadlo todos los pueblos! Porque firme es su lealtad con nosotros y la fidelidad del Señor dura por siempre. Hallelu-Yah” (Sal 117).

 

Como dije recientemente en Asís, los cristianos estamos convencidos de que en Jesucristo, en cuanto Salvador de todos, se ha de encontrar la verdadera paz, paz para los de lejos y paz para los de cerca (Ef 2,17; Is 57,19; Zac 9,10). Este don universal tiene sus orígenes en la llamada dirigida a Abraham, Isaac y Jacob y encuentra su cumplimiento en Jesucristo, que fue obediente al Padre hasta la muerte en la cruz (Mt 5,17; Flp 2,8). Mientras que la fe en Jesucristo nos distingue y nos separa de nuestros hermanos y hermanas judíos, podemos al mismo tiempo afirmar con profunda convicción “el lazo espiritual que une al pueblo de la Nueva Alianza con la estirpe de Abraham” (Nostra Aetate, 4). Por eso nosotros tenemos aquí un vínculo que, a pesar de nuestras diferencias, nos hace hermanos; este es un insondable misterio de gracia que debemos escudriñar con confianza, dando gracias a Dios que nos concede contemplar juntos este plan de salvación.

 

Gracias por toda iniciativa de promoción del diálogo entre cristianos y judíos, y especialmente por este Coloquio Teológico Internacional católico-judío; yo imploro la bendición de Dios Todopoderoso sobre todos vosotros y pido que vuestro trabajo sea fructífero para un mejor entendimiento y aumento de las relaciones entre judíos y cristianos”.

Juan Pablo II - Comisión Internacional Mixta Judaísmo-Iglesia Católica 28 octubre 1985

II COMISIÓN INTERNACIONAL MIXTA

JUDAÍSMO-IGLESIA CATÓLICA

28 de octubre 1985

 

Exactamente 20 años después de la promulgación de la Declaración Nostra Aetate por el Concilio Vaticano II, habéis elegido Roma como sede de la XII sesión del Comité Internacional de contacto entre la Iglesia Católica, representada por la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el Judaísmo, y el Comité Judío Internacional para las consultas interreligiosas.

 

Hace diez años, en enero 1975, os reunisteis también en Roma, para el X aniversario de la promulgación del mismo documento. La Declaración trata, en efecto, en su cuarta sección, de las relaciones entre la Iglesia Católica y la Comunidad religiosa judía. Se ha dicho repetidas veces que el contenido de esta sección, si bien no demasiado extenso ni indebidamente complicado, ha marcado una época, y que ha podido cambiar las relaciones existentes entre la Iglesia y el Pueblo Judío, inaugurando una era nueva en estas relaciones.

 

Me regocijo de afirmar aquí, veinte años después, que los frutos cosechados desde entonces, y vuestro Comité es uno de ellos, prueban la verdad básica de esta afirmación. La Iglesia Católica está siempre dispuesta, con la ayuda de la gracia de Dios, a revisar y renovar todo cuanto en sus actividades y modos de expresión resulta ser menos conforme con su propia identidad, fundada en la Palabra de Dios, en el Antiguo y Nuevo Testamento, en cuanto leídos en la Iglesia. Y esto ella lo hace, no por ninguna ventaja, ni con mira a ningún provecho, cualquiera que fuera, sino a partir de una profunda conciencia de su propio “misterio” y de una siempre renovada voluntad de traducirlo en la práctica. La Declaración afirma, con extrema precisión, que en la medida en que ella profundiza en este “misterio”, la Iglesia “recuerda el vínculo espiritual” entre ella misma y el “linaje de Abraham”

 

Es este “vínculo”, que la Declaración sigue después explicando e ilustrando, el que constituye el verdadero fundamento de nuestras relaciones con el pueblo judío. Una relación que se podría muy bien llamar un verdadero “parentesco”, y que tenemos solamente con esta comunidad religiosa, no obstante los numerosos lazos que nos unen con otras religiones de escala mundial, tan adecuadamente elaborados por la Declaración en otras secciones. Este “vínculo” puede ser calificado de “sagrado”, ya que procede de la misteriosa voluntad de Dios.

 

Nuestras relaciones a partir de esta fecha histórica, podían solamente mejorar, ser ahondadas y ramificarse en diferentes aspectos y niveles de la vida de la Iglesia Católica y la Comunidad Judía. En este contexto, la Santa Sede tomó la iniciativa ya en el lejano 1974, de crear una Comisión para las relaciones religiosas con el Judaísmo y ha publicado también, por medio de esa misma Comisión, dos Documentos más, destinados a la aplicación de la Declaración en numerosos ámbitos de la vida de la Iglesia, las “Orientaciones” de 1975 y las muy recientes “Notas para una correcta presentación de Judíos y Judaísmo en la predicación y la catequesis de la Iglesia Católica”.

 

Ambos documentos son una prueba del continuo interés y empeño de la Santa Sede en esta relación renovada entre la Iglesia Católica y el Pueblo Judío, y en extraer de ella todas las consecuencias prácticas.

 

Acerca del último documento mencionado, las “Notas” publicadas en junio pasado, estoy seguro que serán de gran ayuda de cara a liberar nuestra enseñanza religiosa y catequética de toda presentación negativa o inexacta de los Judíos y del Judaísmo, en el contexto de la fe Católica. Ayudarán también a promover el respeto, el aprecio y por acierto el amor por unos y otros, como ambos se presentan en el inescrutable designio de Dios, que “no rechaza a su pueblo” (Sal 94,14: Rm 11,1). Del mismo modo, el antisemitismo, en sus repelentes y a veces violentas manifestaciones, debería ser del todo erradicado. Mejor aún, ha de surgir ciertamente, como sucede ya en muchas partes, una visión positiva de cada una de nuestras religiones, en el debido respeto de la identidad de cada cual.

 

Para entender nuestros documentos, y especialmente la Declaración Conciliar, de manera correcta, una segura comprensión de la tradición de la teología católicas son ciertamente necesarias. Diría incluso que, para que los católicos puedan sondear los abismos del exterminio de varios millones de judíos durante la segunda guerra mundial, y las heridas que ello ha causado a la conciencia del Pueblo Judío, como las “Notas” les han pedido hacer (n.25), se requiere también reflexión teológica. Espero, por eso, ardientemente que el estudio de la teología y la reflexión consiguiente sean cada vez más parte integrante de nuestros intercambios, para beneficio mutuo, si bien, por razones comprensibles, algunos sectores de la Comunidad Judía podrían todavía mantener ciertas reservas acerca de este tipo de diálogo. Sin embargo, el conocimiento profundo y el respeto de la identidad religiosa de cada uno parece esencial para la reafirmación y el refuerzo del “vínculo” del cual hablaba el Concilio.

 

El Comité Internacional de contacto que vosotros formáis es una prueba y una manifestación práctica de este “vínculo”. Os habéis reunido doce veces desde 1974 y no obstante las normales dificultades de adaptación y hasta algunas tensiones ocasionales, habéis llegado a realizar una relación rica, múltiple y franca. Veo aquí presentes representaciones de muchas iglesias locales y de diversas comunidades judías. Una representación tan amplia reunida en Roma para la celebración del XX aniversario de Nostra Aetate resulta a la vez consoladora y promisoria. Realmente hemos adelantado mucho en nuestras relaciones.

 

A fin de continuar por la misma senda, bajo los ojos de Dios y con su bendición que todo sana, estoy cierto de que trabajaréis con dedicación cada vez mayor para alcanzar un siempre más profundo mutuo conocimiento, para interesaros todavía más en las legítimas preocupaciones de cada uno, y especialmente para colaborar en los diversos campos en que nuestra fe en un solo Dios y nuestro común respeto por su imagen, presente en cada mujer y cada hombre, requieran nuestro testimonio y nuestro compromiso.

 

Por la tarea que ha sido realizada doy gracias, junto con vosotros, al Señor nuestro Dios, y por lo que estáis llamados a hacer todavía, ofrezco mis oraciones, mientras me alegro afirmar nuevamente el empeño de la Iglesia Católica en esta relación y diálogo con la Comunidad Judía. Quiera el Señor asistir vuestra buena voluntad y vuestra entrega personal e institucional a esta importante tarea.

Juan Pablo II - Al Consejo Internacional de Judíos y Cristianos julio 1984

PALABRAS DE JUAN PABLO II

AL CONSEJO INTERNACIONAL DE JUDÍOS Y CRISTIANOS

Julio 1984

 

Queridos amigos, Señor Presidente y miembros del Comité Ejecutivo del Consejo Internacional de Cristianos y Judíos:

 

1. Le doy las gracias, Señor Presidente, por sus afectuosas palabras de saludo, en las cuales me acaba de presentar los propósitos, trabajos y competencias del Consejo Internacional de Cristianos y Judíos. Y doy también las gracias a ustedes, miembros del Comité Ejecutivo, por su cortesía al visitar al Papa con ocasión de su Coloquio Internacional, que tendrá lugar en Vallambrosa la próxima semana. Bienvenidos a esta casa, donde las actividades de quienes promueven el diálogo entre cristianos y judíos y están personalmente comprometidos en él, son seguidas de cerca y apoyadas calurosamente. Verdaderamente, es sólo por medio de un tal encuentro de mentes y corazones, extendido fuera de nuestras respectivas comunidades de fe, y también quizá a otras comunidades de fe, como ustedes intentan hacer con el Islam, como tanto judíos como cristianos pueden aprovechar su “gran patrimonio común espiritual” (cf. Nostra Aetate, 4) y hacerlo fructífero para su propio bien y para el bien del mundo.

 

2. Si, un “gran patrimonio común espiritual” que sería, en primer lugar, traído al conocimiento de todos los cristianos y judíos y que abarca no solamente tal o cual aislado elemento, sino una sólida, fructífera, rica herencia religiosa común: en monoteísmo; en fe en un Dios que como un padre amoroso cuida del genero humano y escogió a Abraham y a los profetas y envió a Jesús al mundo; en un común patrón litúrgico básico y en una conciencia de nuestro compromiso, fundado en la fe, hacia todos los hombres y mujeres necesitados, que son nuestros “prójimos” (Cf. Lv 19,18 a; Mc 12,31 y paralelos).

 

A causa de estar tan comprometidos en la educación religiosa de ambas partes, las imágenes que cada uno de nosotros se forma del otro deberían estar realmente libres de estereotipos y prejuicios, deberían respetar la identidad del otro y deberían, de hecho, preparar a la gente para los encuentros de mentes y corazones recién mencionados. La adecuada enseñanza de la historia es también una tarea de ustedes. Tal tarea es muy comprensible dada la triste y enredada historia común de judíos y cristianos (historia que no es siempre enseñada o transmitida correctamente).

 

3. Existe de nuevo el peligro de una siempre activa y a veces incluso renovada tendencia a hacer discriminación entre personas y grupos humanos, supervalorando unos y despreciando otros. Tendencia que no duda en ocasiones en usar métodos violentos.

 

Detectar y denunciar tales hechos y permanecer juntos contra ellos es una doble acción y una prueba de nuestro mutuo compromiso fraternal. Pero es necesario ir hasta las raíces de tal mal, por medio de la educación, especialmente educación para el diálogo. Esto, sin embargo, no sería suficiente si no fuese conectado con un profundo cambio en nuestro corazón, una verdadera conversión espiritual. Esto significa también un constante reafirmar los valores religiosos comunes y trabajar en orden a un personal compromiso religioso de amor a Dios, nuestro Padre, y de amor a todos los hombres y mujeres ( cf Dt 6,5; Lv 19,18; Mc 12,28-34). La regla de oro, estamos bien enterados, es común a judíos y cristianos igualmente.

 

En este contexto debe verse su importante trabajo con la juventud. Posibilitando reunirse a jóvenes cristianos y judíos, y capacitándoles a vivir, charlar, cantar y rezar juntos, ustedes contribuyen grandemente a la creación de una nueva generación de hombres y mujeres, mutuamente comprometidos por cualquier otro y por todos, preparados a servir a quienes lo necesitan, sea cual sea su profesión religiosa, origen étnico o color.

 

La paz del mundo se construye en esta modesta, aparentemente insignificante manera. Y estamos todos comprometidos por la paz en todas partes, entre las naciones y dentro de ellas, en particular en el Oriente Medio.

 

4. El común estudio de nuestras fuentes religiosas es de nuevo uno de los puntos de su agenda. Les animo a una buena aplicación de la importante recomendación hecha por el Concilio Vaticano Segundo en su declaración Nostra Aetate, n.4, sobre “estudios bíblicos y teológicos” que son fuente de “mutuo conocimiento y aprecio”. De hecho tales estudios realizados en común, y totalmente diferentes de las antiguas “controversias”, favorecen el verdadero conocimiento de cada religión, y también el alegre descubrimiento del “común patrimonio” del que hablaba al comienzo, siempre en una cuidadosa observancia de la dignidad del otro.

 

Que el Señor bendiga todos sus esfuerzos y les recompense con la bienaventuranza que Jesús proclamó en la tradición del Antiguo Testamento, para aquellos que trabajan por la paz (cf Mt 5,9; Sal 37 (36), 37).

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