CEJC

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Juan Pablo II - Alocución "Vísperas Europeas" 10 septiembre 1983

ALOCUCIÓN DE JUAN PABLO II

DURANTE LAS “VÍSPERAS EUROPEAS”

Viena, 10 de septiembre 1983

 

... Si es cierto que podemos gloriarnos justamente en Nuestro Señor Jesucristo y en su mensaje, también lo es que debemos reconocer y pedir perdón porque nosotros, los cristianos, hemos cargado culpas sobre nosotros -de pensamiento, palabra y obra- y por nuestra actitud pasiva frente a la injusticia...

 

La comunidad judía, ligada en otra época de forma tan fecunda con los pueblos de Europa y ahora tan trágicamente diezmada, nos exhorta, precisamente por ello, a aprovechar cualquier circunstancia para acercarnos unos a otros humana y espiritualmente y comparecer unidos ante Dios y desde El servir a los hombres.

Juan Pablo II - Orientaciones a Delegados Conferencias Episcopales 11 abril 1982

ORIENTACIONES DEL SANTO PADRE A LOS DELEGADOS  

DE LAS CONFERENCIAS EPISCOPALES Y EXPERTOS

Roma, 11 de abril 1982

 

Queridos hermanos en el Episcopado y en el sacerdocio, hermanas, señoras y señores:

 

Venidos de diferentes partes del mundo, os habéis reunido en Roma para examinar la importante cuestión de las relaciones entre la Iglesia Católica y el Judaísmo. Y dicha importancia es además subrayada por la presencia entre vosotros de representantes de las Iglesias Ortodoxas, de la Comunión Anglicana, de la Federación Luterana Mundial y del Consejo Ecuménico de las Iglesias, a quienes me complazco en saludar especialmente, agradeciéndoles su colaboración.

 

También a vosotros, obispos, sacerdotes, religiosas, laicos cristianos, quiero expresar igualmente mi gratitud. Vuestra presencia aquí, así como vuestro empeño en las actividades pastorales, o en el campo de la investigación bíblica y teológica, muestra a las claras hasta qué punto las relaciones entre la Iglesia Católica y el Judaísmo tocan aspectos diversos de la vida y tarea de la Iglesia.

 

Caminar en la línea del Concilio Vaticano II

 

Y es fácil comprenderlo. En efecto, el Concilio Vaticano II ha dicho, en su Declaración sobre las relaciones de la Iglesia con las religiones no cristianas (Nostra aetate, 4): Al investigar el misterio de la Iglesia, este sagrado Concilio recuerda el vínculo que une espiritualmente al pueblo del Nuevo Testamento con la estirpe de Abraham. Yo mismo he tenido ocasión de decirlo más de una vez: Nuestras dos comunidades religiosas “están vinculadas al nivel mismo de su propia identidad” (cf. Discurso a los representantes de Organizaciones y comunidades judías, 12 de marzo de 1979). Efectivamente, como dice el mismo texto de la Declaración Nostra Aetate (n.4): La Iglesia de Cristo reconoce que las primicias de su fe y de su elección se encuentran ya en los Patriarcas, Moisés y en los Profetas, conforme al misterio salvífico de Dios... Por lo cual la Iglesia no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo... Ella tiene siempre ante sus ojos las palabras del Apóstol Pablo sobre sus hermanos de sangre, “a quienes pertenecen la adopción y la gloria; las alianzas, la Ley, el culto y las promesas, y también los Patriarcas, y de quienes procede Cristo según la carne” (Rm 9,4-5), Hijo de la Virgen María.

 

Esto equivale a decir que los vínculos entre la Iglesia y el pueblo judío se fundan sobre el designio del Dios de la Alianza y, en cuanto tales, necesariamente han dejado huellas en algunos aspectos de las instituciones de la Iglesia, especialmente en su liturgia.

 

Sin duda, después de la aparición, hace dos mil años, de un nuevo retoño en el tronco común, las relaciones entre nuestras dos comunidades han estado marcadas por las incomprensiones y resentimientos que sabemos. Y si ha habido, desde el día de la separación, malentendidos, errores e incluso ofensas, se trata de superar todo esto en la comprensión, la paz y la mutua estima. Las terribles persecuciones padecidas por los judíos en diversos períodos de la historia han abierto por fin muchos ojos y sacudido muchos corazones. Los cristianos están en el buen camino, el de la justicia y la fraternidad, al procurar con respeto y perseverancia encontrarse de nuevo con sus hermanos semitas en torno a la común herencia, tan preciosa para todos. ¿Es necesario precisar, especialmente para aquellos que siguen siendo escépticos, cuando no hostiles, que este acercamiento no se confunde de ningún modo con un cierto relativismo religioso y, menos todavía con una pérdida de la propia identidad? Los cristianos, por su parte, profesan su fe, sin ningún equívoco, en el carácter universalmente salvífico de la muerte y resurrección de Jesucristo.

 

Una catequesis objetiva sobre los Judíos y el Judaísmo

 

Sí, la claridad y la fidelidad a nuestra identidad cristiana constituyen una base esencial si nos disponemos a entablar relaciones auténticas, fecundas y durables con el pueblo judío. En este sentido, me alegro de saber que multiplicáis los esfuerzos, en el estudio y la oración común, a fin de percibir y formular mejor los problemas bíblicos y teológicos, a veces difíciles, suscitados por el progreso del diálogo entre judíos y cristianos. En este terreno, la imprecisión y la mediocridad causarían enorme daño al diálogo. Que Dios conceda a cristianos y judíos encontrarse todavía más, comunicarse en profundidad y a partir de la propia identidad, sin jamás oscurecerla de un lado ni del otro, sino buscando muy de veras la voluntad de Dios que se ha revelado.

 

Las relaciones así concebidas son las que pueden y deben contribuir a enriquecer el conocimiento de nuestras propias raíces y a mejor ilustrar ciertos aspectos de la misma identidad de la cual hablamos. Nuestro patrimonio espiritual común es considerable. Hacer el inventario de este patrimonio en sí mismo, pero también teniendo en cuenta la fe y la vida religiosa del pueblo judío tal como éste la profesa y practica hoy, puede ayudar a entender mejor determinados aspectos de la vida de la Iglesia. Es el caso de la liturgia, cuyas raíces judías deben todavía ser profundizadas y sobre todo mejor conocidas y apreciadas por nuestros fieles. Lo mismo vale del ámbito de la historia de nuestras instituciones las cuales, desde los comienzos de la Iglesia, han sido inspirados por algunos aspectos de la organización comunitaria propia a la sinagoga. Finalmente, nuestro patrimonio común es sobre todo importante en el plano de nuestra fe en un Dios único, bueno y misericordioso, que ama a los hombres y se hace amar por ellos (cf. Sab 11,24-26), Señor de la historia y del destino de los hombres, que es nuestro Padre y que ha elegido a Israel el buen olivo en que se han injertado las ramas del olivo silvestre que son los gentiles (Nostra Aetate, 4; cf. también Rm 11, 17-24).

 

Esto es la razón por la cual habéis estado preocupados, durante vuestra reunión por la enseñanza Católica y la catequesis en su relación a los judíos y al Judaísmo. En este punto, como también en otros, habéis estado guiados y animados por las Orientaciones y Sugerencias para la aplicación de la Declaración Conciliar Nostra Aetate (n.4), publicadas por la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo (cf. cap. III). Se debería llegar a que esta enseñanza, en los diversos niveles de formación religiosa, y en la catequesis impartida a niños y adolescentes, presentara a los judíos y al Judaísmo, no sólo de manera honrada y objetiva, sin ningún prejuicio y sin ofender a nadie, sino mejor todavía con una conciencia viva de la herencia que hemos descrito a grandes rasgos.

 

Es, finalmente, ésta la base sobre la que se podrá establecer, como felizmente se hace ya visible, una estrecha colaboración a la cual nos empuja nuestra común herencia, a saber, el servicio del hombre y de sus inmensas necesidades espirituales y materiales. Por caminos diversos, pero en fin de cuentas convergentes, podremos llegar, con la ayuda del Señor que no ha dejado nunca de amar a su pueblo (cf. Rm 11,1), a esa verdadera fraternidad en la reconciliación y el respeto, y a la plena realización del designio de Dios en la historia.

 

Quisiera gozosamente animaros, queridos hermanos y hermanas en Cristo, a continuar por el camino emprendido, haciendo gala de discernimiento y de confianza, y al mismo tiempo, de una gran fidelidad al Magisterio. De este modo realizaréis un auténtico servicio de Iglesia, que brota de su misteriosa vocación y debe contribuir al bien de la Iglesia misma, del pueblo judío y de la humanidad entera.

Juan Pablo II - Pésame por atentantado Sinagoga de Viena 29 agosto 1980

PÉSAME DEL PAPA POR LAS VÍCTIMAS DEL ATENTADO  

A UNA SINAGOGA DE VIENA

29 de agosto 1980

 

En cuanto se tuvo noticia del vil atentado perpetrado el 29 de agosto en la sinagoga de Viena, el Secretario de Estado cardenal Agostino Casaroli, envió en nombre del Santo Padre al cardenal Franz Koenig, arzobispo de la capital austriaca, el siguiente mensaje:

 

Ruego a Vuestra Eminencia transmita en nombre del Santo Padre su sincero pésame a las familias de las víctimas que han perdido la vida en el atentado a la sinagoga. Su Santidad comparte en la oración el dolor y sufrimientos de los heridos, y condena enérgicamente este nuevo acto sangriento inútil que hiere a la comunidad judía de Austria y del mundo entero.

Juan Pablo II - Discurso Organizaciones Judías Mundiales 12 marzo 1979

Discurso del Papa Juan Pablo II a los Presidentes y Delegados

de las Organizaciones Judías Mundiales

 

12 de marzo de 1979

 

Queridos amigos:

 

Les saludo con gran alegría, presidentes y representantes de las Organizaciones Judías mundiales, y como tales integrantes, con los representantes de la Iglesia Católica, del Comité Internacional de contacto. Quiero también saludar a los otros representantes de diversas Comunidades judías nacionales, presentes aquí con ustedes.

 

Hace cuatro años, mi predecesor Pablo VI recibió en audiencia a este mismo Comité Internacional y les dijo cómo se regocijaba de que hubieran decidido reunirse en Roma, la ciudad que es el centro de la Iglesia Católica (cf. discurso del 10 de enero 1975).

 

Ahora, ustedes también han decidido reunirse en Roma, para encontrarse con los miembros de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, y de esta manera renovar y dar un nuevo impulso al diálogo que, durante los últimos años, se ha llevado a cabo con los representantes autorizados de la Iglesia Católica. Este es así, por cierto, un momento importante en la historia de nuestras relaciones, y yo me alegro de tener ocasión de decir una palabra sobre este tema.

 

Diálogo fraterno y colaboración fecunda

 

Como ha dicho el representante de ustedes, ha sido el segundo Concilio Vaticano quien, con su Declaración Nostra Aetate (núm 4), ha brindado el punto de partida para esta nueva y promisoria fase en las relaciones entre la Iglesia Católica y la Comunidad religiosa judía. En efecto, el Concilio ha dicho muy claramente que “al investigar el misterio de la Iglesia” recordaba “el vínculo con que el pueblo del Nuevo Testamento está espiritualmente unido con la raza de Abraham” (Nostra Aetate, 4). De esta manera, el Concilio entiende que nuestras dos Comunidades religiosas están vinculadas y relacionadas de cerca en el nivel mismo de sus respectivas identidades religiosas. Porque “los comienzos de su fe y de su elección (de la Iglesia) se encuentran ya en los Patriarcas, en Moisés y en los Profetas”, y por consiguiente “no puede olvidar que ha recibido la revelación del Antiguo Testamento por medio de aquel pueblo con quien Dios, por su inefable misericordia, se dignó establecer la Antigua Alianza” (ib). Sobre esta base reconocemos, con inequívoca claridad, que el camino por el cual debemos avanzar con la Comunicad religiosa judía es el del diálogo fraterno y la colaboración fecunda.

 

Conforme a este solemne mandato, la Santa Sede ha procurado proveer de los instrumentos para este diálogo y colaboración, y quiere fomentar su realización, tanto aquí en el centro, como también en el resto de la Iglesia. Por eso, la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo fue creada en 1974. al mismo tiempo, el diálogo comenzó a desarrollarse a diferentes niveles en las Iglesias locales esparcidas por el mundo, y con la misma Santa Sede. Quiero reconocer aquí la amistosa respuesta y la buena voluntad, e incluso la cordial iniciativa, que la Iglesia ha encontrado y sigue encontrando en las Organizaciones de ustedes y en otros amplios sectores de la Comunidad judía.

 

 

Orientaciones conciliares

 

Es mi convicción que ambas partes deben continuar sus vigorosos esfuerzos para superar las dificultades del pasado, con el fin de llevar a la práctica el mandamiento divino del amor, y realizar un diálogo verdaderamente fecundo y fraterno, que contribuya al bien de cada uno de los interlocutores y al mejor servicio de la humanidad. Las “Orientaciones” que han mencionado, cuyo valor quiero subrayar y reafirmar, señalan algunos medios y vías para obtener estos fines. Ustedes han querido justamente subrayar un punto de particular importancia: “Los cristianos procuren entender mejor los elementos fundamentales de la tradición religiosa hebrea y captar los rasgos esenciales con que los judíos se definen a sí mismos a la luz de su propia realidad religiosa”(Orientaciones, Prólogo). Otra reflexión importante es la siguiente: “En virtud de la misión divina, la Iglesia tiene por su naturaleza el deber de proclamar a Jesucristo en el mundo (Ad gentes 2). Para evitar que este testimonio de Jesucristo pueda parecer a los judíos una agresión, los católicos procurarán vivir y proclamar su fe respetando escrupulosamente la libertad religiosa tal como la han enseñado el Concilio Vaticano II (Dignitatis humanae). Deberán esforzarse, asimismo, por comprender las dificultades que el alma hebrea experimenta ante el misterio del Verbo Encarnado, dada la noción tan alta y pura que ella tiene de la trascendencia divina” (Orientaciones, I)

 

 

“Shalom, Shalom”

 

Estas recomendaciones se refieren, sin duda, a los fieles católicos, pero considero que no es superfluo repetirlas aquí. Nos ayudan a tener una noción clara del Judaísmo y Cristianismo y de sus relaciones mutuas. Creo que ustedes están aquí para ayudarnos en nuestra reflexión sobre el Judaísmo. Y estoy cierto de que encontramos en ustedes y en las comunidades que ustedes representan, una real y profunda disposición para entender el Cristianismo y la Iglesia Católica en su propia identidad hoy, de manera que podamos trabajar desde ambas partes hacia nuestra común meta de superar toda clase de prejuicios y discriminación. En este contexto es provechoso referirse una vez más a la Declaración conciliar Nostra Aetate y repetir lo que las Orientaciones dicen acerca del repudio de “todas las formas de antisemitismo y discriminación”, “como contrarias al espíritu mismo del Cristianismo”, pero “que de por sí, la dignidad de la persona humana basta para condenar” (Orientaciones, Prólogo). La Iglesia Católica repudia, por consiguiente, claramente, tales violaciones de los derechos humanos dondequiera puedan ocurrir en el mundo. Más aún, me regocija evocar ante ustedes hoy el trabajo eficaz y dedicado de mi predecesor Pío XII en pro del pueblo judío. Y de mi parte continuaré, con la ayuda divina, durante mi ministerio pastoral en Roma -como traté de hacerlo en la sede de Cracovia-, asistiendo a todos los que sufren o son oprimidos de cualquier manera que sea.

 

En seguimiento particularmente de las huellas de Pablo VI, quiero fomentar el diálogo espiritual y hacer todo lo que esté en mi poder por la paz de aquel país que es santo para ustedes, como lo es para nosotros, con la esperanza de que la ciudad de Jerusalén gozará de eficaz garantía como un centro de armonía para los seguidores de las tres grandes religiones monoteístas: Judaísmo, Islam y Cristianismo, para quienes la ciudad es un respetado lugar de devoción.

 

Estoy seguro de que el hecho mismo de este encuentro de hoy, que ustedes tan amablemente han pedido tener, es en sí mismo una expresión de diálogo y un nuevo paso hacia ese más pleno entendimiento mutuo que estamos llamados a conseguir. Al buscar esta meta estamos todos convencidos de ser fieles y obedientes a la voluntad de Dios, el Dios de los Patriarcas y Profetas. A Dios, entonces, querría volverme al final de estas reflexiones. Todos nosotros, judíos y cristianos, oramos frecuentemente a El con las mismas oraciones, tomadas del Libro que ambos consideramos ser la Palabra de Dios. A El pertenece brindar a ambas comunidades religiosas, tan cercanas la una de la otra, aquella reconciliación y amor eficaz que son al mismo tiempo su precepto y su don (cf. Lev 19,18; Mc 12,30). En este sentido, creo que cada vez que los judíos recitan el Shema Israel y cada vez que los cristianos recuerdan los grandes mandamientos primero y segundo, somos, por la gracia de Dios, traídos a una mayor cercanía.

 

Como signo del entendimiento y amor fraterno ya alcanzados, quisiera darles de nuevo mi bienvenida cordial y mis saludos a todos ustedes con aquella palabra tan llena de sentido, tomada de la lengua hebrea, que los cristianos usamos también en nuestra liturgia: la paz esté con vosotros, Shalom, Shalom.

Juan Pablo II - Discurso a los Rabinos Jefes de Israel 16 enero 2004

DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II

a JONA METZGHER Y SLOMO AMAR, Rabinos Jefes de Israel

y a Oded Wiener, Director General del Consejo de Rabinos

Vaticano, 16 de enero de 2004

 

A lo largo de mis veinticinco años de pontificado me he esforzado por promover el diálogo entre católicos y judíos y fomentar aún más la comprensión, el respeto y la cooperación entre nosotros. Uno de los hitos de mi pontificado será siempre mi peregrinación jubilar a Tierra Santa, que comprendio momentos intensos de recuerdo, reflexión y oración en el Memorial del Holocausto, Yad Vashem y el Muro de las Lametaciones.

El diálogo oficial establecido entre la Iglesia Católica y el Consejo Superior de Rabinos de Israel, es un signo de gran esperanza. No debemos ahorrar esfuerzos a la hora de trabajar juntos para construir un mundo de justicia, paz y reconciliación para todos los pueblos. ¡Que la Divina Providencia bendiga nuestra tarea y la corone con éxito!

 

Juan Pablo II - Discurso al Rabino Jefe de Roma 13 febrero 2003

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II AL

RABINO JEFE DE ROMA DR. RICARDO DI SEGNI

Vaticano, 13 de febrero de 2003

¡Estimado rabino jefe de Roma y queridos hermanos en la fe de Abraham!

1. Celebro encontrarle, estimado doctor Riccardo Di Segni, tras su elección como rabino jefe de Roma, y le saludo cordialmente junto a los representantes que le acompañan. Renuevo mi felicitación por el importante cargo que le ha sido confiado a la vez que me es grato, en esta significativa circunstancia, recordar con profunda estima a su ilustre predecesor, el profesor Elio Toaff.

La visita de hoy me permite subrayar el vivo deseo que alimenta la Iglesia católica de hacer más profundos los vínculos de amistad y de recíproca colaboración con la Comunidad judía. Aquí, en Roma, la Sinagoga, símbolo de la fe de los Hijos de Abraham, está muy cerca de la Basílica de San Pedro, centro de la Iglesia, y estoy agradecido a Dios porque me concedió, el 13 de abril de 1986, recorrer el breve trecho que separa estos dos templos. Aquella histórica e inolvidable visita constituyó un don del Omnipotente y representa una etapa importante en el camino del entendimiento entre los judíos y los católicos. Deseo que la memoria de aquel evento continúe ejerciendo una influencia beneficiosa, y que el camino de recíproca confianza hasta ahora recorrido incremente las relaciones entre la Comunidad católica y la Comunidad judía de Roma, que es la más antigua de Europa occidental.

2. Es necesario reconocer que en el pasado nuestras dos Comunidades han vivido codo a codo, escribiendo a veces «una historia atormentada», no exenta en algunos casos de hostilidades y desconfianzas. El documento Nostra Aetate del Concilio Vaticano II, la gradual aplicación del escrito conciliar, los gestos de amistad realizados por los unos y los otros, han contribuido sin embargo en estos años a orientar nuestras relaciones hacia una comprensión recíproca cada vez mayor. Deseo que este esfuerzo prosiga, caracterizado por iniciativas de provechosa colaboración en el terreno social, cultural y tecnológico, y que crezca la conciencia de los vínculos espirituales que nos unen.

3. Estos días resuenan en el mundo peligrosos clamores de guerra. Nosotros, judíos y católicos, advertimos la urgente misión de implorar de Dios Creador y Eterno la paz, y de ser nosotros mismos agentes de paz.

¡Shalom! Esta bella expresión, muy querida entre vosotros, significa salvación, felicidad, armonía, y subraya que la paz es don de Dios; don frágil, puesto en manos de los hombres, y que hay que proteger gracias también al empeño de nuestras Comunidades.

Que Dios nos haga constructores de paz, en la conciencia de que cuando el hombre trabaja por la paz, es capaz de mejorar el mundo.

¡Shalom! Este es mi cordial deseo para usted y para toda la Comunidad judía de Roma. Que Dios, en su bondad, nos proteja y bendiga a cada uno. Que bendiga en especial a todos los que trazan un camino de amistad y de paz entre los hombres de toda raza y cultura.

Juan Pablo II - Encuentro Rabino Lau 1993

ENCUENTRO DEL PAPA Y EL RABINO LAU

Octubre 1993

...”Superadas tantas y graves incomprensiones históricas, veo más cercano el momento de mi visita a Tierra Santa. Es profundo mi deseo de que los responsables de los creyentes, de los peregrinos a la Ciudad Santa de Jerusalén, puedan invocar contemporáneamente al Dios de la misericordia pidiendo el don de la paz, de la comprensión y de la colaboración entre todos los creyentes de aquella región y del mundo... Espero que la Providencia me conceda un día poder peregrinar de nuevo a Tierra Santa”.

Juan Pablo II - Discurso Comunidad Judía de Alsacia 1988

DISCURSO DEL PAPA A LA COMUNIDAD JUDÍA DE ALSACIA

 

Noviembre 1988

 

Gran Rabino, Señor Presidente del Consistorio Israelita del Bajo Rin, Señor Presidente de la Comunidad Israelita de Estrasburgo, Señores:

 

Vuestro cordial saludo y reflexión espiritual sobre el sentido de la historia que acabáis de proponerme, no pueden sino inspirarme a su vez deseos de paz y de prosperidad para vosotros y para toda la Comunidad Israelita.

 

Al daros las gracias por tantos gestos de atención, quisiera prolongar estas reflexiones tomando como punto de partida el versículo bíblico del Profeta Malaquías que aparece grabado en vuestra bella Sinagoga de la Paz, y que habéis deseado inscribir en el corazón de vuestra dirección: Ha-lo ‘av Èhad le-Kullanu” (Mal. 2:10). ¿No tenemos todos nosotros más que un sólo Padre? Este es el mensaje de fe y de verdad del que sois portadores y testigos a través de la historia a la luz de la Palabra y de la Alianza de Dios con Abraham, Isaac, Jacob y toda su descendencia. Un testimonio que ha llegado hasta el martirio y que ha sobrevivido a las largas tinieblas de la incomprensión y del abismo de la Shoah”.

 

Tras el Concilio Ecuménico Vaticano II, gracias también a la obra de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, y del Comité Internacional de Relaciones entre Católicos y Judíos, se han continuado -y continúan siempre- ensanchándose los fundamentos, ya sólidos de nuestras relaciones fraternas y de ello se desprenden conclusiones en el campo de la colaboración a todos los niveles. Es sobre todo en estas instituciones, donde doy ánimos al diálogo judeo-cristiano y me uno con vosotros en los avances logrados gracias a vuestra participación en esta tarea, con una estima recíproca alimentada en un clima de oración, de disponibilidad en la escucha y en la obediencia a la Palabra de Dios, que nos llama al amor y al perdón.

 

Si por medio de mi voz, la Iglesia Católica, fiel a lo declarado por el Concilio Ecuménico Vaticano II, reconoce el valor del testimonio religioso de vuestro pueblo, elegido por Dios, como lo escribe San Pablo: “En cuanto a la elección, son amados, en atención a sus padres”. (Rom 11:28-29). Se trata de una elección, como acabáis de decir, con miras a la Santificación del Nombre, la expresáis en vuestra cotidiana oración del Qaddish: “Sea engrandecido y santificado tu gran Nombre”. También la proclamáis con las palabras de Isaías: “¡Santo, Santo, Santo es el Señor Dios Todopoderoso, su gloria llena toda la tierra!” (Is. 6:3). En las oraciones de alegría o de penitencia, que caracterizan las fiestas de Rosh ha-Shanah, Kippur y Sukkot, que hace unos días habéis celebrado, suplicáis y aclamáis al Eterno: “¡Padre nuestro, Rey nuestro, perdónanos nuestros pecados!, ¡Hoshaná! ¡Sálvanos!”.

 

Todas las Santas Escrituras, a las que vosotros veneráis con una devoción profunda como fuente de vida, celebran el Buen Nombre de Dios, el Padre, la Roca que ha engendrado Yeshouroun, “el Dios que te ha puesto en el mundo”, como dice Moisés en su cántico: “Sí, me convierto en un padre para Israel” dice el Señor mediante el oráculo de Jeremías, que todavía añade: “Efraín es mi hijo mayor” (Jer 31:9) y el mismo Isaías vuelve hacía El diciendo: “¡Señor, nuestro Padre, eres Tú!” (Is 64:7). Los salmos celebran su nombre: “¡Padre mío y Dios mío, la roca que me salva!” (Sal 89:27). En su misericordia también nos ha revelado su nombre que recuerda su amor maternal, sus entrañas de madre que ha dado a luz un hijo: “El Señor pasó delante de Moisés y proclamó: ¡El Señor, el Señor, Dios bondadoso y misericordioso!” (Ex 34:6).”

 

Es pues, en vuestra oración, en vuestra historia y en vuestra experiencia de fe, donde continuáis afirmando la unidad fundamental de Dios, su paternidad y su misericordia hacia todo hombre y mujer, el misterio de su plan de salvación universal y las consecuencias derivadas del mismo, según los principios enunciados por los profetas, en el compromiso de la justicia, la paz y los demás valores éticos.

 

Con el mayor respeto hacia vuestra identidad religiosa judía, quisiera también subrayar que para nosotros, cristianos, la Iglesia, Pueblo de Dios y Cuerpo Místico de Cristo, está llamada a lo largo de su camino en la historia a proclamar a todos la Buena Nueva de la salvación en el consuelo del Espíritu Santo. Según la enseñanza del Concilio Vaticano II, la Iglesia podrá comprender mejor su vínculo con vosotros, ciertamente gracias al diálogo fraterno, pero también a meditar sobre su propio misterio (Nostra Aetate, 4) pues este misterio radica en la persona de Jesucristo, judío, crucificado y glorificado. En su carta a los Efesios, San Pablo escribía: “Este misterio, Dios no lo dio a conocer a los hombres en las generaciones pasadas, como ha sido ahora revelado a sus Santos Apóstoles y profetas: que los gentiles sois coherederos, miembros del mismo Cuerpo, partícipes de la misma promesa en Jesucristo por medio del Evangelio” (Ef 3: 5-6). Anteriormente el apóstol, dirigiéndose a “todos los amados de Dios que están en Roma” (Rom 1:7), había dicho: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son Hijos de Dios: No recibisteis un espíritu de esclavos para recaer en el temor, sino un Espíritu que os hace hijos adoptivos y por el que gritamos: ¡Abba Padre!” (Rom 8:15). Por esto nosotros también reconocemos y celebramos la gloria de Dios, Padre y Señor de los que le adoran en espíritu y en verdad.

 

La civilización europea conserva así sus profundas raíces cerca de esta fuente de agua viva que son las Sagradas Escrituras: el Dios único se ha revelado como nuestro Padre y nos exhorta mediante sus mandamientos a responderle con amor, en la libertad. En el alba de un nuevo milenio, la Iglesia, al anunciar a Europa el Evangelio de Jesucristo, descubre con gozo y cada vez mejor, los valores comunes, bien sean cristianos o judíos gracias a los que nos reconocemos hermanos y a los que se refiere la historia, la lengua, el arte y la cultura de los pueblos y naciones de este continente.

 

¿Dónde podríamos situar nuestra esperanza, para compartirla con todos los que tienen sed de un consuelo fraterno, de un mensaje de vida, de una solidaridad duradera y sincera? ¿Qué es lo que podríamos anunciar juntos para ofrecer nuestro servicio espiritual a Europa, rica en tantos recursos y al mismo tiempo interrogada por la pregunta del sentido de todo esto, en el contexto del desarrollo mundial? Permitidme que os proponga aquí tres consideraciones:

 

- que los pueblos europeos no olviden que nuestro origen viene de un Padre común y que es de esta fuente de dónde nos viene el deber de una responsabilidad recíproca y fraterna, que con la misma profundidad debe extenderse a cada persona, imagen de Dios, y a cada uno de los pueblos del mundo;

 

- que nosotros, los cristianos tomemos cada vez más conciencia de la particular tarea que hemos de realizar en cooperación con los judíos en virtud de la común herencia, que nos empuja a promover la justicia y la paz, oponiéndonos a toda discriminación, y a vivir según las exigencias de los mandamientos, fieles a la voz de Dios en el respeto a toda criatura. Deseo que a nivel social se pueda desarrollar una verdadera colaboración en numerosos campos, según los principios que yo mismo he indicado en la Encíclica Sollicitudo rei socialis.

 

Así pues, desde una profunda fidelidad a la vocación a la que el Dios de la paz y de la justicia nos llama -y con nosotros a todos los pueblos de Europa- repito de nuevo junto con vosotros la más firme condena de todo antisemitismo y de todo racismo, opuestos a los principios del cristianismo, para los que no existe justificación alguna en las culturas inspiradas en dichos principios. Por las mismas razones debemos descartar todo prejuicio religioso que la historia nos haya mostrado, inspirado en los estereotipos antijudíos, por contradecir la dignidad de la persona.

 

Que Dios nos confirme en estos propósitos y en la fe, y como dice el Salmo, nos dé su consuelo: “El mismo Señor de la dicha / y nuestra tierra produce la cosecha. / La Justicia lo precede / y sus pasos trazan el camino”.

Juan Pablo II - Discurso Comunidad Judía de Viena 1988

DISCURSO DEL PAPA A LOS REPRESENTANTES DE  

LA COMUNIDAD JUDÍA DE VIENA

24 de junio 1988

 

Excelentísimo Señor Presidente de las comunidades israelitas; excelentísimo señor Gran Rabino; personas aquí presentes:

 

“SHALOM”

 

1. En el Profeta Jeremías se lee: “En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel llora por sus hijos... porque no existen”.

 

Un lamento así es también el tono básico del saludo que me acaba de dirigir usted en nombre de la comunidad judía de Austria. Me ha conmovido profundamente. Respondo a su saludo con sentimientos de amor y de aprecio, y le aseguro que ese amor incluye también el conocimiento consciente de todo eso que causa dolor. Hace cincuenta años ardieron las sinagogas de esta ciudad. Miles de personas fueron conducidas desde aquí al exterminio y muchísimos fueron obligados a huir. Ese dolor, sufrimiento y lágrimas incomprensibles están siempre ante mis ojos y se hallan grabados profundamente en mi espíritu. De hecho, sólo se ama cuando se conoce.

 

Me alegra que, con ocasión de mi visita, se haya podido celebrar este encuentro. Ojalá sea un signo de la estima mutua y manifieste la disponibilidad para conocerse mejor, derribar temores hondamente arraigados y ofreceros mutuamente hechos que despierten la confianza.

 

“Shalom”, “paz”. Este saludo religioso es una invitación a la paz. Tiene una importancia central en nuestro encuentro de esta mañana, el día antes del shabat; también para los cristianos tiene esa palabra una importancia central, tras el saludo de paz del Señor resucitado a los Apóstoles en el Cenáculo. La paz incluye el mandato y la posibilidad del perdón y de la misericordia, que son propiedades sobresalientes de nuestro Dios, el Dios de la Alianza. Ustedes experimentan y celebran en la fe esa certeza, al celebrar solemnemente todos los años el gran día de la expiación, el Yôm Kippûr. Los cristianos contemplamos ese misterio en el Corazón de Cristo, que, traspasado por nuestros pecados y los del mundo entero, muere por nosotros en la cruz. Ese corazón es solidaridad y fraternidad suprema en virtud de la gracia. El odio ha sido borrado y ha desaparecido, se renueva la alianza del amor. Esta es la Alianza que la Iglesia vive en la fe; en ella experimenta la Iglesia su solidaridad profunda y misteriosa en el amor y la fe con el pueblo judío. Ningún hecho histórico, por doloroso que sea, puede ser tan poderoso que resulte capaz de contradecir esta realidad, la cual forma parte del plan de Dios para nuestra salvación y nuestra reconciliación fraterna.

 

LA “SHOAH”

 

2. La relación entre judíos y cristianos ha cambiado y mejorado sustancialmente desde el Concilio Vaticano II y su solemne Declaración Nostra Aetate. Desde entonces existe diálogo oficial, cuya dimensión propia y central debe ser “el encuentro entre las Iglesias cristianas actuales y el actual pueblo de la Alianza concluida con Moisés”, como dije yo mismo en una ocasión anterior (Discurso a los representantes de los judíos, Maguncia, 17 de noviembre de 1980: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 23 de noviembre de 1980. pág. 15). Mientras tanto, se han dado algunos pasos más hacia la reconciliación. Mi visita a la Sinagoga de Roma quiso ser también un signo de ello.

 

Con todo, el recuerdo de la Shoah, el asesinato de millones de judíos en los campos de exterminio sigue pesando sobre ustedes y sobre nosotros. Sería, sin duda, injusto y falso, culpar de ese crimen indecible a los cristianos. En él se revela más bien el rostro espantoso de un mundo sin Dios e incluso contra Dios; un mundo cuyos planes exterminadores se dirigieron positivamente contra el pueblo judío, pero también contra la fe de quienes veneran en el judío Jesús de Nazaret al Salvador del mundo. Diversas protestas y apelaciones solemnes contribuyeron a radicalizar el fanatismo de aquellos planes.

 

Una consideración adecuada del sufrimiento y el martirio del pueblo judío no puede llevarse a cabo sin relacionarla intrínsecamente con la experiencia de fe que caracteriza su historia, comenzando desde la fe de Abraham, y siguiendo con la liberación de la esclavitud de Egipto y la Alianza en el Sinaí. Es un camino en la fe y la obediencia, como respuesta a la llamada amorosa de Dios. Como dije el año pasado ante los representantes de la comunidad judía en Varsovia, de ese sufrimiento aterrador puede surgir una esperanza más profunda aún, un toque de atención salvador para toda la humanidad. Recordar la “Shoah” significa esperar y comprometerse para que no vuelva a repetirse nunca.

 

No podemos permanecer insensibles ante un sufrimiento tan inconmensurable; pero la fe nos dice que Dios no abandona a los perseguidos, sino que más bien se les manifiesta y a través de ellos ilumina a todos los pueblos el camino hacia la verdad. Esta es la enseñanza de la Sagrada Escritura; esto es lo que nos revelan los Profetas Isaías y Jeremías. En esta fe, herencia común de judíos y cristianos, tiene sus raíces la historia de Europa. Para nosotros los cristianos, todos y cada uno de los dolores humanos adquieren su sentido último en la cruz de Jesucristo. Pero esto no impide, sino que más bien nos impulsa a sentirnos solidarios con las profundas heridas que se han causado al pueblo judío mediante las persecuciones, especialmente en este siglo como consecuencia del moderno antisemitismo.

 

LA RECONCILIACIÓN

 

3. El proceso de la reconciliación total entre judíos y cristianos debe ser continuado con toda energía en todos los ámbitos de las relaciones de nuestras comunidades. Colaboración y estudios conjuntos deben contribuir a investigar más profundamente el significado de la “Shoah”. Es preciso tratar de descubrir y eliminar todo lo posible las causas responsables del antisemitismo, y más en general aún, las causas que conducen a las llamadas “guerras de religión”. Siguiendo el modelo de lo que se ha hecho ya hasta ahora en el camino del ecumenismo, confío en que será posible hablar abiertamente sobre las rivalidades, la radicalización y los conflictos del pasado. Hemos de intentar, además situarlos en sus circunstancias históricas y superarlos a través de esfuerzos conjuntos por la paz, un testimonio coherente de fe y el fomento de los valores morales que deben determinar las personas y los pueblos.

 

Ya en el pasado no faltaron advertencias claras y expresas sobre cualquier forma de discriminación religiosa. Quiero recordar aquí ante todo la condena expresa del antisemitismo por un decreto de la Santa Sede de 1928, en el cual se afirma que la Santa Sede condena de la forma más severa el odio contra el pueblo judío, “es decir, ese odio que se suele denominar normalmente antisemitismo”. Idéntica condena hizo también el Papa Pío XI el año 1938. Entre las múltiples iniciativas que se realizan actualmente según el espíritu del Concilio en favor del diálogo judeo-cristiano, quiero mencionar el Centro de Información, Educación, Encuentro y Oración, que se están construyendo en Polonia. Dicho centro está concebido para investigar la “Shoah” y el martirio del pueblo polaco y de otros pueblos europeos durante la época del nacionalsocialismo, y confrontarse espiritualmente con ellos. Es de desear que produzca frutos abundantes y pueda servir de modelo para otras naciones. Iniciativas de este tipo resultarán también fecundas para la convivencia civil de todos los grupos sociales, animando a comprometerse, con respeto mutuo, por los débiles, necesitados y marginados; a superar animosidades y prejuicios y a defender los derechos humanos, especialmente el derecho que tiene cada persona y comunidad a la libertad religiosa.

 

En este vasto programa de acción, al que invitamos a los judíos, a los cristianos y a todos los hombres de buena voluntad, participan ya desde hace muchos años los católicos en Austria, obispos y creyentes, así como distintas asociaciones. En época reciente se han podido realizar en Viena encuentros fructuosos con personalidades judías.

 

LA PAZ

 

4. La concordia y unidad de los distintos grupos de una nación constituyen asimismo un presupuesto sólido para una contribución eficaz a las exigencias de paz y entendimiento entre los pueblos, como ha mostrado la misma historia de Austria en las últimas décadas. A todos nos preocupa enormemente la causa de la paz, especialmente en Tierra Santa, Israel, el Líbano, Oriente Medio. Son regiones con las que nos unen profundas raíces bíblicas, históricas, religiosas y culturales. Según la doctrina de los Profetas de Israel, la paz es fruto de la justicia y del derecho y, al mismo tiempo, un don inmerecido de la época mesiánica. Por ello hay que evitar cualquier forma de violencia, que repita los antiguos errores e incite al odio, al fanatismo y al integrismo religioso, enemigos todos de la concordia humana. Que cada cual examine su conciencia a este respecto y considere su responsabilidad e incumbencia. Pero, sobre todo, es necesario que fomentemos un diálogo constructivo entre judíos, cristianos y musulmanes, a fin de que el testimonio común de fe en “Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob” (Ex 3,6) resulte realmente eficaz en la búsqueda de entendimiento mutuo y convivencia fraterna, sin herir los derechos de nadie.

 

En este sentido deben entenderse las iniciativas de la Santa Sede, cuando se esfuerza por buscar el reconocimiento de igual dignidad para el pueblo judío en el Estado de Israel y para el pueblo palestino. Como subrayaba yo mismo el pasado año ante representantes de las comunidades judías en los Estados Unidos de América, el pueblo judío tiene derecho a una patria, lo mismo que lo tiene cualquier otra nación de acuerdo con el derecho internacional. Pero lo mismo vale para el pueblo palestino, muchos de cuyos miembros son apátridas y refugiados. Mediante la disponibilidad de las partes para el entendimiento y el compromiso se encontrarán al fin las soluciones que conduzcan a una paz justa, amplia y duradera en esa región (cf. Discurso del 11 de septiembre de 1987). Si se siembran únicamente perdón y amor en abundancia, la cizaña del odio no podrá crecer; será sofocada. Recordar la Shoah significa también oponerse a cualquier cosa que siembre la violencia y proteger y fomentar con paciencia y perseverancia cualquier brote tierno de libertad y de paz.

 

Con este espíritu de disponibilidad cristiana a la reconciliación respondo de corazón a su “Shalom” e imploro para todos nosotros el don de la concordia fraterna y la bendición del Dios de Abraham, omnipotente e infinitamente bueno, Padre de Abraham y Padre nuestro en la fe.

Juan Pablo II - Discurso Organizaciones Judías Norteamericanas 1987

DISCURSO DE JUAN PABLO II A LOS REPRESENTANTES

DE LAS ORGANIZACIONES JUDÍAS NORTEAMERICANAS

 

Miami, 11 de septiembre de 1987

 

Queridos amigos, representantes de tantas organizaciones judías, procedentes de todos los Estados Unidos, queridos hermanos y hermanas judíos:

 

1. Os agradezco vivamente vuestras cordiales palabras de saludo. Estoy muy contento de encontrarme entre vosotros, particularmente en este momento en el que se inaugura la exposición de la Colección Judeo Vaticana. El maravilloso material, que incluye Biblias miniadas y libros de oración, muestra sólo una pequeña parte de las grandes riquezas espirituales de la tradición judía a lo largo de los siglos hasta hoy, riquezas espirituales utilizadas a menudo en una fructuosa cooperación con artistas cristianos.

 

Al comienzo de nuestro encuentro, es oportuno subrayar nuestra fe en el Dios único, que eligió a Abraham, Isaac y Jacob y estableció con ellos una Alianza de amor eterno, que no ha sido nunca revocada (cf. Gén 27,33; Rom 11,29). Por el contrario, fue confirmada mediante el don de la Torah hecho a Moisés y abierta por los Profetas hacia la esperanza de la redención eterna y el compromiso universal por la justicia y la paz. El pueblo judío, la Iglesia y todos los que creen en Dios misericordioso -que, en las oraciones de los hebreos se invoca como “Av Ha-Rakhamîm”- pueden encontrar en esta Alianza fundamental con los Patriarcas un punto de partida determinante para nuestro diálogo y nuestro testimonio común en el mundo.

 

Es oportuno recordar, además, la promesa hecha por Dios a Abraham y la hermandad espiritual que ésta instauró: “Y en tu posteridad serán benditas todas las naciones de la tierra, por haberme tú obedecido” (Gén 22,18). Esta hermandad espiritual, unida estrechamente a la obediencia a Dios, exige un gran respeto recíproco con humildad y confianza. Un examen objetivo de nuestras relaciones a lo largo de los siglos debe tener en cuenta esta gran necesidad.

 

2. Hay que poner de relieve el hecho de que los Estados Unidos hayan sido fundados por hombres que arribaron a estos puertos a menudo como refugiados religiosos. Aspiraban a ser tratados con justicia y a ser recibidos según la Palabra de Dios, como leemos en el Levítico: “Tratar al extranjero que habita en medio de vosotros como al indígena de entre vosotros; ámale como a ti mismo, porque extranjero fuisteis vosotros en tierra de Egipto. Yo, Yavé, vuestro Dios” (Lev 19, 34). Entre los millones de emigrantes que llegaron, había un gran número de católicos y de judíos. Idénticos principios religiosos fundamentales de libertad y justicia, de igualdad y solidaridad humana, afirmados tanto en la Torah como en el Evangelio, se reflejan en los altos ideales humanos y en la tutela de los derechos universales proclamados en Estados Unidos. Estos, a su vez, ejercían un fuerte influjo positivo en la historia de Europa y de otras partes del mundo. Pero los caminos de los inmigrados a este nuevo país no resultaban siempre fáciles. Tenemos que admitir tristemente que los prejuicios y las discriminaciones eran algo común, tanto en el Nuevo Mundo como en el Viejo. Sin embargo, juntos judíos y católicos, contribuyeron al éxito de la experiencia americana concerniente a la libertad religiosa y en este contexto único, ofrecieron al mundo una vigorosa forma de diálogo interreligioso entre nuestras dos antiguas tradiciones. Elevo mi oración por todos aquellos que se comprometen en este diálogo, tan importante para la Iglesia y para el pueblo hebreo: ¡Que Dios os bendiga y os fortalezca en este servicio!

 

3. Al mismo tiempo, nuestro patrimonio común, nuestras tareas y esperanzas, no anulan nuestras propias identidades. A causa de su específico testimonio cristiano, “la Iglesia tiene el deber de proclamar a Jesucristo en el mundo” (Orientaciones y sugerencias para la aplicación de la Declaración conciliar Nostra aetate, n. 4 I -1974-: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 12 de enero de 1975, página 2). Actuando de esta manera proclamamos que “Cristo es nuestra paz” (Ef 2,14). Como dice el Apóstol Pablo: “mas todo esto viene de Dios, que, por Cristo nos ha reconciliado consigo y nos ha confiado el ministerio de la reconciliación” (2 Cor 5,18). Al mismo tiempo, reconocemos y apreciamos los tesoros espirituales del pueblo judío y su testimonio religioso de Dios. Un diálogo teológico fraterno intentará comprender, a la luz del misterio de la redención, la manera cómo las diferencias en la fe no han de convertirse en motivo de enemistad, sino, más bien, han de abrir el camino a la “reconciliación”, para que al final “Dios sea en todas las coas” (1Cor 15,28).

 

Estoy contento de que, a este propósito, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos y el Consejo de las Sinagogas de América hayan empezado las consultas entre los responsables judíos y los obispos, para llevar adelante un diálogo sobre problemas de enorme interés para nuestras dos comunidades de fe.

 

4. Contemplando la historia a la luz de los principios de la fe en Dios, hemos de meditar igualmente sobre el terrible episodio de la Shoah, el intento enfermizo y deshumano de exterminar a todo el pueblo judío en Europa; un intento que causó millares de víctimas -muchos de ellos mujeres y niños, ancianos y enfermos- exterminados solamente por el hecho de ser hebreos.

 

Meditando sobre este misterio de los sufrimientos de los hijos de Israel, de su testimonio de esperanza, de fe y de humanidad frente a ultrajes inhumanos, la Iglesia advierte cada vez más profundamente su vínculo común con el pueblo hebreo y con su tesoro de riquezas espirituales en el pasado y en el presente.

 

Es también oportuno recordar los grandes, los claros esfuerzos de los Papas contra el antisemitismo y el nazismo durante el momento culminante de la persecución a los judíos. En 1938, Pío XI declaraba que “el antisemitismo no puede ser admitido” (6 de septiembre de 1938), y afirmaba también la completa oposición entre el cristianismo y el nazismo, afirmando que la cruz nazista era “enemiga de la cruz de Cristo” (Discurso de Navidad, 1938). Estoy persuadido de que la historia revelarán aún con más claridad y de un modo más convincente el profundo sufrimiento de Pío XII ante la tragedia del pueblo judío, y lo que trabajó para asistirlo intensa y eficazmente durante la segunda guerra mundial.

 

Hablando en nombre de la humanidad y desde los principios cristianos, la Conferencia Episcopal de Estados Unidos denunció las atrocidades con la siguiente declaración: “Desde la invasión asesina de Polonia, privada completamente de toda apariencia de humanidad, se ha comenzado un exterminio premeditado y sistemático del pueblo de esta nación. La misma técnica diabólica se ha aplicado a otros muchos pueblos. Sentimos una profunda repulsión hacia las crueles indignidades perpetradas contra los judíos en los países conquistados y contra gente indefensa que no pertenece a nuestra fe” (14 de noviembre de 1942)

 

Recordemos también a tantos otros que, arriesgando su propia vida, han ayudado a los judíos perseguidos, y son honrados por los hebreos con el título de “Tzaddigê’ummôt ha-olâm” (Justos de las naciones).

 

5. La terrible tragedia de vuestro pueblo ha inducido a muchos pensadores judíos a reflexionar sobre la condición humana, aportando agudas intuiciones. Su visión del hombre y las raíces de esta visión en las enseñanzas de la Biblia, que compartimos en nuestra común herencia de las Escrituras hebraicas, ofrecen tanto a estudiosos judíos como católicos un material útil para la reflexión y el diálogo. Y yo pienso aquí sobre todo en las contribuciones de Martín Buber y también en aquellas de Mahler y Levinas.

 

Para comprender aún más profundamente el significado de la Shoah y las raíces históricas del antisemitismo que la han provocado, deben continuar la colaboración conjunta y los estudios por parte de católicos y judíos sobre la Shoah. Estos estudios se han efectuado ya en vuestro país con numerosas conferencias, como los seminarios nacionales sobre las relaciones cristiano-judías. Las implicaciones religiosas e históricas de la Shoah para los cristianos y los hebreos serán examinadas ahora formalmente por el Comité Internacional de Relaciones Católico-Judío, que se reunirá por primera vez en Estados Unidos, al final del presente año. Y, como he confirmado en el curso del importante y cordial encuentro tenido con los responsables judíos en Castelgandolfo el primero de septiembre, al final de estos estudios se publicó un documento católico sobre la Shoah y el antisemitismo.

 

También, esperamos que los programas comunes de educación sobre nuestras relaciones históricas y religiosas, que se han desarrollado bien en vuestro país, promoverán realmente el respeto recíproco y sensibilizarán a las futuras generaciones sobre el holocausto ¡con el objetivo que semejante error no se cometa nunca más! ¡Nunca más!

 

Cuando me reuní, en Varsovia, con los responsables de la comunidad judío-polaca, en junio de este año, subrayé el hecho de que a través de la terrible experiencia de la Shoah, vuestro pueblo se ha convertido en “una gran voz de advertencia para toda la humanidad, para todas las naciones, para todas las potencias de este mundo, para todos los sistemas y para todo hombre... en esta advertencia salvífica” (Discurso del 14 de junio de 1987: L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 5 de julio de 1987, pág. 15).

 

6. Es también oportuno que en cada diócesis los católicos hagan efectivas, bajo la dirección de los obispo, las afirmaciones del Concilio Vaticano II y las sucesivas instrucciones publicadas por la Santa Sede relativas al modo correcto de predicar y enseñar sobre los judíos y sobre el Judaísmo. Conozco los grandes esfuerzos que los católicos están haciendo ya en esta dirección y deseo expresar mi gratitud a todos aquellos que están comprometidos de una manera tan diligente en este objetivo.

 

7. En todo diálogo sincero se necesita por parte de cada uno de los participantes, la intención de permitir a los otros definirse, “a la luz de su actual realidad religiosa” (Orientaciones 1974, Introducción). Fieles a esta afirmación los católicos reconocen, entre los elementos de la experiencia judía, que los judíos tienen una conexión religiosa con su tierra, que encuentran sus raíces en la tradición bíblica.

 

Después del trágico exterminio de la Shoah, el pueblo judío ha comenzado un nuevo periodo de su historia. Ellos tienen derecho a una patria, así como lo tiene toda nación civil, según el derecho internacional. “Para el pueblo judío que vive en el Estado de Israel y que en aquella tierra conserva preciosos testimonios de su historia y de su fe, debemos invocar la deseada seguridad y la justa tranquilidad que es una prerrogativa de toda nación y condición de vida y de progreso para toda sociedad” (Redemptionis anno, 20 de abril de 1984).

 

Lo que se ha afirmado sobre el derecho a una patria se aplica también al pueblo palestino, muchos de los miembros de este pueblo se encuentran sin casa y están refugiados. Mientras todos los interesados deben meditar honestamente sobre el pasado -los musulmanes no menos que los judíos y que los cristianos- ya es hora de encontrar unas soluciones que conduzcan a una paz justa, completa y duradera en aquella región.

 

Rezo con toda intensidad por esta paz.

 

8. Finalmente, al agradeceros una vez más vuestra cordialidad en el saludo que me habéis dirigido, alabo y doy gracias a Dios por este encuentro fraterno, por el don del diálogo entre nuestros dos pueblos, y por la nueva y más profunda comprensión entre nosotros. Mientras que nuestra larga relación se acerca al tercer milenio, es un gran privilegio para nosotros ser testigos de este progreso en esta generación.

 

Espero sinceramente que, como partes de este diálogo, como hermanos en la fe en Dios que se ha revelado, como hijos de Abraham, nos comprometamos a prestar un servicio común a la humanidad, que tan necesitada se encuentra en estos días. Estamos llamados a colaborar en el servicio y a unirnos en una causa común siempre que un hermano o una hermana están abandonados, olvidados, rechazados o sufren de cualquier modo; siempre que los derechos humanos se rechazan o la dignidad humana está ofendida; siempre que los derechos de Dios se viola o se ignoran.

 

Con el Salmista, yo repito ahora:

 

“Voy a escuchar lo que dice el Señor: Dios anuncia la paz a su pueblo y a sus amigos y a los que se convierten de corazón” (Sal 85/84, 9).

 

A todos vosotros, queridos amigos, queridos hermanos y hermanas; a todos vosotros, querido pueblo judío de Estados Unidos: con gran esperanza os deseo la paz del Señor: Shalom! Shalom! Dios os bendiga en este Shabat y en este año:

 

Shabat Shalom ! Shanà Tovà

we-Hatimà Tovà!

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