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Juan Pablo II - Discurso Comunidad Judía de Australia 26 diciembre 1986

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II  

A LA COMUNIDAD JUDÍA DE AUSTRALIA

Sidney, 26 de diciembre 1986

 

A principio de este año tuve el placer y el privilegio de visitar la Sinagoga de Roma y de hablar con los Rabinos y la asamblea congregada. En aquella ocasión, di “gracias y alabanza al Señor que desplegó el cielo y cimentó la tierra (Is 51,16), y que ha escogido a Abraham para hacerlo padre de una multitud de hijos, numerosos como las estrellas del cielo y como la arena de la playa (Gn 22,17; cf. Is 15,5)”. Le doy gracias y lo alabo porque ha tenido a bien, en el misterio de su Providencia, que este encuentro se realizase. Hoy lo alabo y le doy gracias de nuevo porque me ha proporcionado, en este gran país meridional, el encuentro con otro grupo de los hijos de Abraham, un grupo que es representativo de muchos judíos de Australia. ¡Que el os bendiga y os haga fuertes en su servicio!

 

Tengo entendido que la experiencia de los judíos en Australia -una experiencia que se remonta a los comienzos de la colonización blanca en 1788-, aunque ha tenido su parte de dolor, prejuicios y discriminaciones, ha disfrutado de más libertad civil y religiosa que en otros países del viejo continente. Al mismo tiempo, éste es todavía el siglo de la Shoah, el intento inhumano y despiadado de exterminar a los judíos de Europa; y sé que Australia dio asilo y una nueva patria a miles de refugiados y supervivientes de aquella serie horrible de sucesos. A éstos en particular les digo, como dije a vuestros hermanos y hermanas, los judíos de Roma, “la Iglesia, con las palabras del bien conocido Decreto Nostra Aetate (nº 4), deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”, repito: “de cualquier persona”.

 

Espero que este encuentro ayude a consolidar y prolongar las buenas relaciones que vosotros tenéis ya con los miembros de la comunidad católica de este país. Sé que hay hombres y mujeres por toda Australia, tanto judíos como católicos, que están trabajando, como dije en la Sinagoga de Roma, “para que se superen los viejos prejuicios y se dé espacio al reconocimiento cada vez más pleno de ese vínculo, y de ese común patrimonio espiritual que existe entre los judíos y los cristianos”. Doy gracias a Dios por esto.

 

Interesa a los católicos, y esto sigue siendo una parte explícita y verdaderamente importante de mi misión, de repetir y subrayar que nuestra actitud hacia la religión judía debe ser de gran respeto, pues la fe católica está enraizada en las verdades eternas, contenidas en las Escrituras Hebreas, y en la Alianza irrevocable hecha con Abraham. Nosotros conservamos también con agradecimiento esas mismas verdades de nuestra herencia judía, y os visitamos a vosotros como hermanos y hermanas nuestras en el Señor.

 

Hacia el pueblo judío los católicos deben tener no solamente respeto, sino también un gran amor fraterno; porque esta es la enseñanza de ambas Escrituras, la hebrea y la cristiana: que los judíos son amados de Dios que los ha llamado con una vocación irrevocable. No se puede encontrar una justificación teológicamente válida para actos de discriminación o persecución contra los judíos. De hecho, tales actos han de ser considerados como pecados.

 

Siendo francos y sinceros tenemos que reconocer el hecho de que existen todavía diferencias obvias entre nosotros, diferencias en la fe y en la práctica religiosa. La diferencia fundamental está en nuestras respectivas visiones sobre la persona y la obra de Jesús de Nazaret. Nada nos impide, sin embargo, la cooperación verdadera y fraterna en muchas empresas nobles, tales como los estudios bíblicos y numerosas obras de justicia y caridad. Esas acciones comunes pueden acercarnos aún más íntimamente en la amistad y la verdad.

 

Mediante la Ley y los Profetas, nosotros, igual que vosotros, hemos aprendido a considerar como elevado valor la vida humana y los derechos fundamentales e inalienables del ser humano. Hoy, la vida humana, que deberá ser tratada como sagrada desde el momento de la concepción, esta amenazada de muy diferentes maneras. Las violaciones de los derechos humanos son generales. Esto provoca que lo más importante para toda la gente de buena voluntad sea colaborar para defender la vida, para defender la libertad de fe y práctica religiosa, y para defender todas las demás libertades humanas fundamentales.

 

Finalmente, estoy seguro de que nosotros estamos de acuerdo en que, en una sociedad secularizada, hay muchas cosas consideradas como valores que nosotros no podemos aceptar. En particular, el comunismo y el materialismo se presentan frecuentemente, especialmente a los jóvenes, como las respuestas a los problemas humanos. Expreso mi admiración por los muchos sacrificios que vosotros habéis hecho para conseguir escuelas religiosas para vuestros hijos, en orden a ayudarles a evaluar el mundo que les rodea desde la perspectiva de la fe en Dios. Como sabéis, los católicos de Australia hacen también lo mismo. En una sociedad secularizada, tales instituciones son casi siempre atacadas por una razón u otra. Puesto que los católicos y los judíos las valoran por las mismas razones, trabajemos juntos, siempre que sea posible, para proteger y promover la instrucción religiosa de nuestros niños. De esta manera podemos dar un testimonio común del Señor de todos.

 

Señor Presidente y Miembros del Consejo Ejecutivo de los judíos australianos, les doy las gracias una vez más por este encuentro, y doy alabanza y gracias al Señor con las palabras del Salmista: “Alabad al Señor todas las naciones, aclamadlo todos los pueblos. Firme es su lealtad con nosotros, y su fidelidad dura por siempre. ¡Alabad al Señor!”.

Juan Pablo II - Comité Judío Americano 15 febrero 1985

VEINTE AÑOS DESPUÉS DEL VATICANO II  

DISCURSO DEL PAPA A LOS DIRIGENTES DEL

COMITÉ JUDÍO AMERICANO

15 de febrero 1985

 

Queridos amigos:

 

Es para mí una gran satisfacción recibir esta importante delegación del American Jewish Committe (Comité Judío Americano), con su presidente a la cabeza. Les estoy muy agradecido por esta visita. Sean ustedes bienvenidos a esta casa siempre abierta, como saben, a los miembros del pueblo judío.

 

Han venido aquí para celebrar el vigésimo aniversario de la Declaración conciliar “Nostra Aetate”, sobre la relación de la Iglesia con las religiones no cristianas, cuya cuarta sección trata extensamente de las relaciones de la Iglesia con el Judaísmo.

 

Durante mi reciente visita pastoral a Venezuela recibí algunos representantes de la comunidad judía local en un encuentro que se vuelve ya una característica normal de tantas de esas visitas pastorales alrededor del mundo. En esta ocasión, al responder al saludo del Rabino Pinchas Brener, dije lo siguiente: “Quiero confirmar, con absoluta convicción, que la enseñanza del Concilio Vaticano II en la Declaración Nostra Aetate..., permanece siempre para nosotros, para la Iglesia Católica, para el Episcopado..., y para el Papa, una enseñanza que debe ser seguida. Una enseñanza que es necesario aceptar, no sólo como algo conveniente, sino mucho más, como una expresión de fe, una inspiración del Espíritu Santo, una palabra de la Sabiduría divina” (L’Osservatore Romano, 29 de enero 1985).

 

Con gusto repito estas palabras a ustedes que conmemoran actualmente el vigésimo aniversario de la Declaración. Ellas expresan el compromiso de la Santa Sede, y de toda la Iglesia Católica, por el contenido de la Declaración, subrayando, por así decir, su importancia.

 

Veinte años después, los términos de la Declaración no han envejecido. Al contrario, es más claro ahora que antes qué firme es su fundamento teológico y cuán sólida base ella brinda a un diálogo entre judíos y cristianos que sea realmente fecundo. Por otra parte, en efecto, encuentra la motivación de dicho diálogo en el misterio mismo de la Iglesia, y por otra, mantiene claramente la identidad de cada religión, aun vinculando estrechamente la una con la otra.

 

A lo largo de estos veinte años, el trabajo realizado es inmenso. Ustedes son bien conscientes de ello, dado que la organización que representan está profundamente empeñada en el diálogo judío-cristiano, sobre la base precisamente de la Declaración, y ello en el plano nacional e internacional, y particularmente en conexión con la Comisión de la Santa Sede para las relaciones religiosas con el Judaísmo.

 

Estoy convencido, y me complazco en afirmarlo en la ocasión presente, que las relaciones entre judíos y cristianos han mejorado radicalmente en estos años. Donde antes había desconfianza, y quizá temor, hay ahora confianza. Donde había ignorancia, y por eso prejuicios y estereotipos, hay ahora un creciente conocimiento mutuo, aprecio y respeto. Pero, sobre todo, hay amor entre nosotros, aquel amor -digo- que es, para ambos, un precepto fundamental de nuestras tradiciones religiosas y que el Nuevo Testamento ha recibido del Antiguo (cf. Mc 12,28-34; Lev 19,18). Amor significa comprensión. También implica franqueza y la libertad de disentir, de manera fraterna, cuando hay razones para ello.

 

No cabe duda que queda mucho por hacer. Se requiere todavía reflexión teológica, no obstante lo realizado ya en este plano y los resultados obtenidos. Nuestros biblistas y nuestros teólogos son urgidos constantemente a ello por la misma Palabra de Dios que tenemos en común.

 

La educación debería tomar en cuenta con mayor atención los puntos de vista y las directrices indicadas por el Concilio y elaboradas en las subsiguientes “Orientaciones y sugerencias para la aplicación de la Declaración Nostra Aetate, n. 4”, que están siempre vigentes. Educación para el diálogo, amor y respeto por el otro y una abertura hacia todos, son urgentes exigencias de nuestras sociedades pluralistas, donde todos resultan ser prójimos de todos.

 

El antisemitismo, por desgracia todavía un problema en algunos lugares, ha sido reiteradamente condenado por la Tradición Católica como incompatible con la enseñanza de Cristo y con el respeto debido a la dignidad de cualquier hombre y mujer, creados a imagen y semejanza de Dios. Quiero afirmar una vez más el repudio de la Iglesia Católica a toda represión y persecución, a toda discriminación contra quienquiera -venga de donde viniere- “en la legislación de hecho, por motivo de raza, origen, color, cultura, sexo o religión” (Octogesima adviniens, 23).

 

En estrecha relación con cuanto precede, hay un amplio campo de colaboración abierto a nosotros, judíos y cristianos, en favor de la humanidad entera, donde la imagen de Dios resplandece en cada hombre, mujer y niño, pero especialmente en los desamparados y necesitados.

 

Estoy bien informado de la estrecha colaboración entre el Comité Judío Americano y algunas de nuestras instituciones Católicas para aliviar el flagelo del hambre en Etiopía y en el Sahel, procurando así llamar la atención de las autoridades responsables sobre esta terrible tragedia, todavía por desgracia no resuelta, y que sigue siendo un reto para todos los que creen en el único verdadero Dios, Señor de la historia y Padre amante de todos.

 

Sé también de la preocupación de ustedes por la paz y seguridad de la Tierra Santa. Quiera Dios conceder a esa tierra, y a todos los pueblos y naciones en esa parte del mundo, las bendiciones que expresa la palabra “shalom”, de manera que en la frase del Salmista, la justicia y la paz se besen (cf. Sal 85,11).

 

El concilio Vaticano II y los siguientes documentos se proponen en verdad esta meta: que los hijos e hijas de Abraham, judíos, cristianos y musulmanes (cf. Nostra Aetate, 3), puedan vivir juntos y prosperar en paz. Y que todos amemos al Señor nuestro Dios con todo nuestro corazón, toda nuestra alma y todas nuestras fuerzas (cf. Dt 6,5).

 

Gracias de nuevo por esta visita. ¡Shalom!

Juan Pablo II - Discurso B'nai B'rith 22 marzo 1984

DISCURSO DEL SANTO PADRE A DIRIGENTES DE LA LIGA  

ANTIDIFAMACION “B’NAI B’RITH”

22 de marzo 1984

 

Queridos amigos:

 

Me hace muy feliz recibirles aquí en el Vaticano. Son ustedes un grupo de dirigentes nacionales e internacionales de la conocida Asociación judía establecida en Estados Unidos y floreciente en muchas partes del mundo, incluida Roma, Liga Antidifamación “B’nai B’rith”. Asimismo están muy en contacto con la comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, fundada hace diez años por Pablo VI con el objetivo de fomentar las relaciones entre la Iglesia Católica y la Comunidad judía a nivel de nuestro compromiso respectivo de fe.

 

El mero hecho de que hayan venido a visitarme -y de ello les estoy muy agradecido- es en sí una prueba del incremento y profundización constantes de dichas relaciones. Claro está que cuando se mira atrás, a los años anteriores al Concilio Vaticano II y a su Declaración Nostra Aetate, y se quiere abarcar la obra realizada desde entonces, uno tiene el sentimiento de que el Señor ha hecho “grandes cosas” por nosotros (cf. Lc 1,49). Y, por tanto, nos llama a unirnos en un acto de cordial agradecimiento a Dios. El verso del comienzo del Salmo 133 es adecuado: “Ved cuán bueno y deleitoso es habitar en uno los hermanos”.

 

Porque, como he dicho con frecuencia desde el comienzo de mi servicio pastoral de Sucesor de Pedro, pescador de Galilea (cf. Alocución del 12 de marzo de 1979), queridos amigos, el encuentro de católicos y judíos no es coincidencia de dos antiguas religiones yendo cada uno por su camino y en lucha grave y dolorosa no pocas veces en tiempos pasados. Es una reunión de “hermanos” y, como dije a los representantes de la Comunidad judía alemana en Maguncia (11 noviembre de 1980), un diálogo “entre la primera y la segunda parte de la Biblia”. Y al igual que las dos partes de la Biblia son diferentes, pero están relacionadas íntimamente, también lo están en el pueblo judío y en la Iglesia Católica.

 

Esta cercanía se ha de manifestar de muchos modos. El primero de todos, en el respeto hondo de la identidad de cada uno. Cuanto más nos conocemos, más aprenderemos a aceptar y respetar nuestras diferencias.

 

Pero respeto no significa esquivez ni es equivalente a indiferencia, y éste es precisamente el gran reto que estamos llamados a afrontar. Por el contrario, el respeto de que hablamos está fundado en un vínculo espiritual misterioso (cf. Nostra Aetate, 4), que nos acerca en Abraham y, por medio de Abraham en Dios, que eligió a Israel y de Israel hizo surgir la Iglesia.

 

Sin embargo, este “vínculo espiritual” entraña gran responsabilidad. Cercanía unida a respeto quiere decir confianza y franqueza, y excluye totalmente desconfianzas y sospechas. Convoca asimismo a interés fraterno por cada uno y por los problemas y dificultades que afrontan cada una de nuestras comunidades religiosas.

 

La comunidad judía en general y su organización en particular, como su nombre indica, tienen mucho que ver con formas antiguas y nuevas de discriminación y violencia contra los judíos y el Judaísmo, llamadas corrientemente antisemitismo. Incluso antes del Concilio Vaticano II, la Iglesia Católica (cf. S. Congregatio Sti. Ufficii, 3 marzo de 1928; Pío XI a los periodistas belgas de la radio, 6 de septiembre de 1938) condenó tal ideología y práctica por ser contrarias no sólo a la confesión cristiana, sino también a la dignidad de la persona humana creada a imagen de Dios.

 

Pero no estamos reunidos por nosotros mismos precisamente. Es verdad que tratamos de conocernos mejor y entender mejor la identidad característica de cada uno y el íntimo vínculo espiritual que nos une. Pero al conocernos, descubrimos todavía más lo que nos ensambla para interesarnos más por la humanidad en general en campos, por citar sólo algunos, tales como el hambre, la pobreza, la discriminación allí donde se dé y sea la que fuera la persona contra quien se dirige, y las necesidades de los refugiados. Y claro está la gran tarea de fomentar la justicia y la paz (cf. Sal 85,4), señal de la edad mesiánica en ambas tradiciones judía y cristiana, enraizadas a su vez en la gran herencia profética. Este “vínculo espiritual” existente entre nosotros no puede menos de ayudarnos a afrontar el gran reto dirigido a los que creen que Dios tiene cuidado de su pueblo, al que ha creado a su imagen (cf. Gén 1,27).

 

Yo veo esto como realidad y promesa al mismo tiempo de diálogo entre la Iglesia Católica y el Judaísmo, y de las relaciones ya existentes entre su Organización y la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo y con otras instituciones de algunas Iglesias locales.

 

De nuevo les doy gracias de su vida y de su empeño por metas de diálogo. Seamos agradecidos a nuestros Dios, Padre de todos nosotros.

Juan Pablo II - Comunidad Judía de España 3 noviembre 1982

SALUDO DE S.S. EL PAPA A LA COMUNIDAD  

JUDÍA DE ESPAÑA

3 de noviembre 1982

 

Estimados Señores:

 

¡Shalom! Paz a vosotros y a todos los miembros de la Comunidad religiosa judía de España.

 

Deseo expresaros ante todo mi sincero aprecio por haber querido venir a encontrarme durante mi visita pastoral a esta nación. Vuestro significativo gesto es prueba de que el diálogo fraterno, orientado a un mejor conocimiento y estima entre hebreos y católicos, que el Concilio Vaticano II ha promovido y recomendado vivamente en la Declaración Nostra Aetate (n.4), continúa y se difunde cada vez más, aun en medio de inevitables dificultades.

 

Tenemos un patrimonio espiritual común; y el Pueblo del Nuevo Testamento, es decir, la Iglesia, se siente y está vinculada espiritualmente a la estirpe de Abraham, “nuestro padre en la fe”.

 

Pido a Dios que la tradición judaica y cristiana, fundada en la Palabra divina, y que tiene una profunda conciencia de la dignidad de la persona humana que es imagen de Dios (cf. Gen 1,26), nos lleve al culto y amor ferviente al único y verdadero Dios. Y que ello se traduzca en una acción eficaz en favor del hombre, de cada hombre y de todo hombre.

 

¡Shalom! Y que Dios, Creador y Salvador, bendiga a vosotros y a vuestra Comunidad.

Juan Pablo II - Comunidades Judías de Gran Bretaña 6 junio 1982

JUAN PABLO II CON LOS REPRESENTANTES DE  

LAS COMUNIDADES JUDÍAS DE GRAN BRETAÑA

6 de junio 1982

 

Durante su estancia en Manchester, en un convento de religiosas de Nazaret, el Papa se encontró con una representación de los 400.000 judíos residentes en Gran Bretaña. Tras departir cordialmente con ellos y escuchar un discurso del Gran Rabino Yacobovich, improvisó las siguientes palabras:

 

Debo comenzar diciendo que he seguido con sumo interés su discurso sopesando los temas que ha tocado en él. Mi respuesta será muy breve y no tan densa de temas como su discurso. Pero estoy muy agradecido que haya incluido todo ello en su saludo. Es un gozo para mi dirigir un saludo fraterno a ustedes miembros dirigentes de la Comunidad judía. Saludo en especial al Gran Rabino de la comunidad, Sir Emmanuel Yacobovitch, y a sus distinguidos compañeros. Aprovechando mi visita a Gran Bretaña deseo expresar mis sentimientos personales de estima y amistad a todos ustedes. Al mismo tiempo quiero reiterar el gran respeto de la Iglesia Católica al pueblo judío del mundo entero. Siguiendo el espíritu del concilio Vaticano II, recuerdo la voluntad de la Iglesia de colaborar complacida con ustedes por al causa de la humanidad, conscientes de que tenemos una tradición común que honra la santidad de Dios y nos convoca a amar al Señor Dios nuestro con todo el corazón y con toda el alma. Extiendo mi cordial saludo a cuantos vosotros representáis.

 

Juan Pablo II - Comunidad Judía Alemana - 17 noviembre 1980

A LA COMUNIDAD JUDÍA ALEMANA

Maguncia, 17 noviembre 1980

 

Si los cristianos consideran a todos los hombres como hermanos y se deben de comportar según esta apreciación, cuánto más vale este sagrado deber cuando se encuentran con quienes pertenecen al pueblo judío. En la “Declaración sobre las Relaciones de la Iglesia con el Judaísmo, los obispos de la República Federal Alemana han puesto como encabezamiento esta frase: Quien se encuentra con Jesucristo se encuentra con el Judaísmo. Querría hacer mía también esta expresión. La fe de la Iglesia en Jesucristo, hijo de David e hijo de Abraham (cf. Mt., 1,1) contiene de hecho lo que los obispos llaman en esta Declaración la herencia espiritual de Israel para la Iglesia (parte II), una herencia viva que debe ser comprometida y conservada por nosotros, cristianos católicos, en toda su profundidad y riqueza.

Juan Pablo II - Discurso Comunidad Judía Brasil 1980

DISCURSO DEL PAPA A LOS REPRESENTANTES DE LA COMUNIDAD DE BRASIL

Sao Paulo, 3 de julio 1980

Mucho me alegro de poder saludar, en Vds, a los representantes de la comunidad israelita de Brasil, tan viva y operante en Sao Paulo, en Río de Janeiro y en otras ciudades. Y les agradezco de corazón su gran amabilidad al querer encontrarse conmigo con ocasión de este viaje apostólico a la gran nación brasileña. Para mi es una feliz oportunidad de manifestar y estrechar aún más los lazos que unen a la Iglesia Católica y al Judaísmo, reafirmando así la importancia de las relaciones que existen entre nosotros también aquí en Brasil. Como saben ustedes, la Declaración Nostra Aetate, del Concilio Vaticano II, en su cuarto párrafo afirma que la Iglesia, al estudiar profundamente su propio misterio recuerda el vínculo que la une espiritualmente a la descendencia de Abraham. De esta forma la relación entre la Iglesia y el Judaísmo no es exterior a las dos religiones, sino que es algo que se funda en la herencia religiosa distintiva de ambas, en el propio origen de Jesús y de los Apóstoles, así como en el ambiente en que la Iglesia primitiva creció y se desarrolló. Si, a pesar de todo esto, nuestras respectivas identidades religiosas nos han dividido, a veces dolorosamente, a través de los siglos, eso no debe ser obstáculo para que, respetando esa misma identidad, queramos ahora valorizar nuestra herencia común y cooperar así, a la luz de esa misma herencia, en la solución de los problemas que afligen a la sociedad contemporánea, necesitada de la fe en Dios, de la obediencia a su santa Ley, de la esperanza activa en la venida de su Reino. Quedo muy contento por saber que esa relación y cooperación se dan ya aquí en Brasil, especialmente a través de la Hermandad Judaico-Cristiana. Judíos y católicos se esfuerzan así en profundizar la común herencia bíblica, sin disimular, con todo, las diferencias que nos separan; y de esa forma, un renovado conocimiento mutuo podrá conducir a una más adecuada presentación de cada religión en la enseñanza de la otra. Sobre esta base sólida se podrá luego construir, como ya se viene haciendo, la tarea de cooperación en beneficio del hombre concreto, de la promoción de sus derechos, no pocas veces conculcados, de su justa participación en la prosecución del bien común, sin exclusivismo ni discriminaciones. Son estos, por otra parte, algunos de los puntos presentados a la atención de la comunidad Católica por las Orientaciones y Sugerencias para la aplicación de la Declaración Conciliar “Nostra Aetate”, publicadas por la Comisión para las relaciones religiosas con el Judaísmo, en 1975, como también por los párrafos correspondientes del Documento final de la Conferencia de Puebla (núms. 1110, 1123). Esto hará vivo y eficaz, para bien de todos, el valioso patrimonio espiritual que une a los judíos y a los cristianos. Así lo deseo de todo corazón. Que sea este el fruto de este encuentro fraterno con los representantes de la comunicad israelita de Brasil.

Juan Pablo II - Mensaje Centenario Sinagoga de Roma 22 mayo 2004

MENSAJE DEL PAPA JUAN PABLO II
EN EL CENTENARIO DE LA SINAGOGA DE ROMA

Al ilustre doctor Ricardo Di Segni

Rabino Jefe de Roma «Shalom!»

«Ved qué dulzura, qué delicia, convivir los hermanos unidos»
«Hinneh ma tov u-ma na‘im, shevet akhim gam yakhad!» (Salmo 133 [132], 1).

1. Con íntima alegría me uno a la comunidad judía de Roma que está en fiesta al celebrar los cien años del Templo Mayor, símbolo y recuerdo de la milenaria presencia en esta ciudad del pueblo de la Alianza del Sinaí. Desde hace más de dos mil años, vuestra comunidad forma parte de la vida de la ciudad; puede estar orgullosa de ser la comunidad judía más antigua de Europa occidental y de haber tenido una función relevante en la difusión del judaísmo en este continente. Por tanto, la conmemoración de hoy asume un significado particular para la vida religiosa, cultural y social de la capital y ¡no puede dejar de tener una resonancia totalmente especial en el corazón del obispo de Roma! Al no poder participar personalmente, he pedido que me represente en esta celebración mi vicario general para la diócesis de Roma, el cardenal Camillo Ruini, acompañado por el presidente de la Comisión de la Santa Sede para las Relaciones con el Judaísmo, el cardenal Walter Kasper. Ellos expresan concretamente mi deseo de estar con vosotros en este día.

Al dirigirle mi deferente saludo, ilustre doctor Riccardo Di Segni, hago llegar mi cordial pensamiento a todos los miembros de la comunidad, a su presidente, el ingeniero Leone Elio Paserman, y ha cuantos se han congregado para testimoniar una vez más la importancia y el vigor de la herencia religiosa que se celebra todos los sábados en el Templo Mayor. Quiero dirigir un saludo particular al gran rabino emérito, el profesor Elio Toaff, que con espíritu abierto y generoso me recibió en la sinagoga con motivo de mi visita del 13 de abril de 1986. Aquel acontecimiento ha quedado esculpido en mi memoria y en mi corazón como un símbolo de la novedad que ha caracterizado, en las últimas décadas, las relaciones entre el pueblo judío y la Iglesia católica, tras períodos en ocasiones difíciles y convulsos.

2. La fiesta de hoy, a cuya dicha nos unimos todos de corazón, recuerda el primer siglo de este majestuoso Templo Mayor que, en la armonía de sus líneas arquitectónicas, se eleva sobre las orillas del Tíber como testimonio de fe y de alabanza al Omnipotente. La comunidad cristiana de Roma, a través del sucesor de Pedro, participa con vosotros en la acción de gracias al Señor por esta dichoso aniversario. Como dije en la mencionada visita, nos dirigimos a vosotros como nuestros «hermanos predilectos» en la fe de Abraham, nuestro patriarca, de Isaac y de Jacob, de Sara y de Rebeca, de Raquel y de Lía. San Pablo, al escribir a los Romanos (Cf. Romanos 11, 16-18), ya hablaba de la raíz santa de Israel, a la que los paganos han sido injertados en Cristo, «porque los dones y la vocación de Dios son irrevocables» (Romanos 11, 29) y vosotros seguís siendo el pueblo primogénito de la Alianza (Liturgia del Viernes Santo, oración universal «Por los judíos»).

Vosotros sois ciudadanos de esta ciudad de Roma desde hace más de dos mil años, antes aún de que llegaran Pedro el pescador y Pablo encadenado, apoyados interiormente por el hálito del Espíritu. Las Escrituras sagradas, que en gran parte compartimos, la liturgia, e incluso antiquísimas expresiones artísticas testimonian el profundo lazo que une a la Iglesia con la Sinagoga, por esa herencia espiritual de la que, sin estar escindida ni repudiada, participan los creyentes en Cristo, y que constituye un vínculo que no se puede separar entre nosotros y vosotros, pueblo de la Torá de Moisés, buen olivo en el que ha sido injertado un nuevo ramo (Cf. Romanos 11, 17).

Durante la Edad Media, algunos de vuestros grandes pensadores, como Yehudà ha-Levi y Moisés Maimónides, trataron de escrutar la manera en que se podría ser posible adorar juntos al Señor y servir a la humanidad que sufre, preparando así los caminos de la paz. El gran filósofo y teólogo, bien conocido por santo Tomás de Aquino, Maimónides de Córdoba (1138-1204), del que recordamos este año el octavo centenario de su fallecimiento, expresó el auspicio de que una mejor relación entre judíos y cristianos puede llevar «al mundo entero a la adoración unánime de Dios, como está dicho: "Yo entonces volveré puro el labio de los pueblos, para que invoquen todos el nombre del Señor, y le sirvan bajo un mismo yugo" (Sofonías 3, 9)» («Mishneh Torà», Hilkhòt Melakhim XI, 4, ed. Jerusalén, Mossad Harav Kook).

3. Hemos recorrido un buen camino juntos desde aquel 13 de abril de 1986, cuando por primera vez --después del apóstol Pedro-- el obispo de Roma os visitó: fue el abrazo de los hermanos que se volvían a encontrar después de un largo período en el que no han faltado incomprensiones, rechazos y sufrimientos. La Iglesia católica, con el Concilio Vaticano II, convocado por el beato Juan XXIII, en particular tras la declaración «Nostra aetate» (28 de octubre de 1965), os ha abierto sus brazos, recordando que «Jesús es judío, y siempre lo será» (Comisión para las Relaciones Religiosas con el Judaísmo, «Notas y sugerencias» [1985]: III, § 12).

En el Concilio Vaticano II, la Iglesia confirmó de manera clara y definitiva el rechazo del antisemitismo en todas sus expresiones. Sin embargo, no es suficiente el deber de deplorar y condenar las hostilidades contra el pueblo judío que con frecuencia han caracterizado la historia; es necesario fomentar también la amistad, la estima y las relaciones fraternas. Estas relaciones amistosas, que han sido reforzadas y que han crecido tras el Concilio del siglo pasado, nos unen en el recuerdo de todas las víctimas de la Shoá, en particular, de quienes en octubre de 1943 fueron arrancadas a sus familias y a vuestra querida comunidad judía romana para ser internadas en Auschwitz. Que su recuerdo sea una bendición y nos lleve a actuar como hermanos.

Es un deber, además, recordar a todos aquellos cristianos que, bajo el impulso de una bondad natural y rectitud de conciencia, sostenidos por la fe y la enseñanza evangélica, reaccionaron con valentía, también en esta ciudad de Roma, para ofrecer auxilio concreto a los judíos perseguidos, ofreciendo solidaridad y ayuda, en ocasiones arriesgando su misma vida. Su memoria bendita permanece viva, junto a la certeza de que para ellos, al igual que para todos los «justos entre las naciones», los «tzaddiqim», se ha preparado un lugar en el mundo futuro, en la resurrección de los muertos. Tampoco se puede olvidar, junto a los pronunciamientos oficiales, la acción con frecuencia escondida de la Sede Apostólica, que salió en ayuda de muchas maneras de judíos en peligro, como ha sido reconocido entre otros por sus autorizados representantes (Cf. «Nosotros recordamos: una reflexión sobre la Shoá», 16 marzo 1998).

4. Al recorrer con la ayuda del cielo este camino de fraternidad, la Iglesia no ha dudado en «deplorar las faltas de sus hijos y de sus hijas de toda época», y con un acto de arrepentimiento («teshuvá») ha pedido perdón por sus responsabilidades que puedan estar de cualquier manera relacionadas con las plagas del antijudaísmo y del antisemitismo (ibídem). Durante el gran Jubileo invocamos la misericordia de Dios, en la Basílica sagrada en memoria de Pedro en Roma, y en Jerusalén, la ciudad amada por todos los judíos, corazón de esa Tierra que es santa para todos nosotros. El sucesor de Pedro subió como peregrino a las montañas de Galilea, rindió homenaje a las víctimas de la Shoá en Yad Vashem, rezó junto a vosotros en el monte de Sión, a los pies del lugar santo.

Por desgracia, el pensar en Tierra Santa suscita en nuestros corazones preocupación y dolor por la violencia que sigue marcando a ese lugar, por la gran cantidad de sangre inocente derramada por israelíes y palestinos, que obscurece el surgimiento de una aurora de paz en la justicia. Por este motivo, queremos hoy dirigir una fervorosa oración al Eterno, en la fe y en la esperanza, al Dios de «Shalom», para que la enemistad no arrolle con el odio a quienes reconocen como padre a Abraham --judíos, cristianos y musulmanes-- y deje lugar a la conciencia clara de los vínculos que los unen y a la responsabilidad que pesa sobre las espaldas de unos y otros.

Tenemos que recorrer todavía mucho camino: el Dios de la justicia y de la paz, de la misericordia y de la reconciliación, nos llama a colaborar sin reservas en nuestro mundo contemporáneo, lacerado por enfrentamientos y enemistades. Si sabemos unir nuestros corazones y nuestras manos para responder a la llamada divina, la luz del Eterno se acercará para iluminar a todos los pueblos, mostrándonos los caminos de la paz, «Shalom». Quisiéramos recorrerlos con un solo corazón.

5. Podemos hacer mucho juntos, no sólo en Jerusalén y en la Tierra de Israel, sino también aquí, en Roma: a favor de los que sufren a nuestro lado a causa de la marginación, de los inmigrantes, de los extranjeros, de los débiles e indigentes. Compartiendo los valores por la defensa de la vida y de la dignidad de toda persona humana, podremos hacer que crezca nuestra cooperación fraterna.

El encuentro de hoy es como una preparación para vuestra inminente solemnidad de Shavuot y para nuestro Pentecostés, que celebran la plenitud de las respectivas fiestas de Pascua. Que estas fiestas nos unan en la oración del «Hallel» pascual de David:

«Hallelu et Adonay kol goim
shabbehuHu kol ha-ummim
ki gavar ‘alenu khasdo
we-emet Adonay le-‘olam»

«Laudate Dominum, omnes gentes,
collaudate Eum, omnes populi.
Quoniam confirmata est super nos misericordia eius,
et veritas Domini manet in aeternum»
Hallelu-Yah (Sal. 117 [116])

Vaticano, 22 de mayo de 2004

IOANNES PAULUS II

Juan Pablo II - Sinagoga de Roma 13 abril 1986

DISCURSO DEL SANTO PADRE EN LA  

SINAGOGA DE ROMA

13 de abril 1986

 

Señor Rabino Jefe de la Comunidad israelita de Roma, Señora Presidenta de la Unión de las Comunidades israelitas italianas, Señor Presidente de las Comunidades de Roma, Señores Rabinos, queridos amigos y hermanos judíos y cristianos que participáis en esta histórica celebración:

 

ACCIÓN DE GRACIAS POR UN ACONTECIMIENTO QUE ES A LA VEZ REALIDAD Y SÍMBOLO

 

1. Ante todo, quisiera junto con vosotros, dar gracias y alabar al Señor que “desplegó el cielo y cimentó la tierra” (cf Is 51,16) y que ha escogido a Abraham para hacerlo padre de una multitud de hijos, numerosa “como las estrellas del cielo” y “como la arena de la playa” (Gén 22, 17; cf. 15,5), porque ha querido, en el misterio de su Providencia, que esta tarde se encontraran en este vuestro “Templo mayor” la comunidad judía que vive en esta ciudad, desde el tiempo de los antiguos romanos, y el Obispo de Roma y Pastor universal de la Iglesia Católica.

 

Siento además el deber de manifestar mi gratitud al Rabino Jefe, profesor Elio Toaff, que ha acogido con alegría, desde el primer momento, el proyecto de esta visita y que ahora me recibe con gran apertura de corazón y con un vivo sentido de hospitalidad; y doy las gracias también a todos aquellos que en la comunicad judía romana han hecho posible este encuentro y se han comprometido de tantas maneras a fin de que fuese al mismo tiempo una realidad y un símbolo. Gracias por tanto a todos vosotros. Todâ rabbâ (=muchas gracias).

 

 

LA HERENCIA DE JUAN XXIII

 

2. A la luz de la Palabra de Dios proclamada hace poco y que “vive por siempre” (cf Is 30,8), quisiera que reflexionáramos juntos, en la presencia del Santo, ¡bendito sea El! (como se dice en vuestra liturgia), sobre el hecho y el significado de este encuentro entre el Obispo de Roma, el Papa, y la comunidad judía que habita y trabaja en esta ciudad, tan querida para vosotros y para mí.

 

Desde hace mucho tiempo pensaba en esta visita. En realidad el Rabino Jefe tuvo la gentileza de ir a saludarme, en febrero de 1981, cuando hice la visita pastoral a la vecina parroquia de San Carlo ai Catinari. Además, algunos de vosotros han ido más de una vez al Vaticano, bien con ocasión de las numerosas audiencias que he podido conceder a representantes del Judaísmo italiano y mundial, bien incluso anteriormente, en tiempos de mis predecesores, Pablo VI, Juan XXIII y Pío XII. Sé muy bien además que el Rabino Jefe, en la noche que precedió a la muerte del Papa Juan, no dudó en ir a la plaza de San Pedro, acompañado de un grupo de fieles judíos, con el fin de rezar y velar, mezclado entre la multitud de católicos y de otros cristianos, como para dar testimonio, de un modo silencioso pero tan eficaz, de la grandeza de ánimo de aquel gran Pontífice, abierto a todos sin distinción, y en particular a los hermanos judíos.

 

La herencia que quisiera ahora recoger es precisamente la del Papa Juan, quien, en una ocasión pasando por aquí -como acaba de recordar el Rabino Jefe-, hizo detener el coche para bendecir a la multitud de judíos que salía de este mismo templo. Y quisiera recoger su herencia en este momento, en el que me encuentro no ya en el exterior, sino, gracias a vuestra generosa hospitalidad, en el interior de la Sinagoga de Roma.

 

EL “HOLOCAUSTO” DE MILLONES DE VÍCTIMAS INOCENTES

 

3. Este encuentro concluye en cierto modo, después del pontificado de Juan XXIII y el Concilio Vaticano II, un largo período sobre el cual es preciso no cansarse de reflexionar para sacar de él las enseñanzas oportunas. Ciertamente no se puede ni se debe olvidar que las circunstancias históricas del pasado fueron muy distintas de las que han ido madurando fatigosamente en los siglos; se ha llegado con grandes dificultades a la aceptación común de una legítima pluralidad en el plano social, civil y religioso. La consideración de los seculares condicionamientos culturales no puede, sin embargo, impedir el reconocimiento de los actos de discriminación, de las limitaciones injustificadas de la libertad religiosa, de la opresión también en el plano de la libertad civil, que, respecto a los judíos, han sido objetivamente manifestaciones gravemente deplorables. Sí, una vez más, a través de mí, la Iglesia con las palabras del bien conocido Decreto “Nostra Aetate (n. 4), “deplora los odios, persecuciones y manifestaciones de antisemitismo de cualquier tiempo y persona contra los judíos”; repito: “de cualquier persona”.

 

Una palabra de execración quisiera una vez más expresar por el genocidio decretado durante la última guerra contra el pueblo judío y que ha llevado al holocausto de millones de víctimas inocentes. Al visitar el 7 de junio de 1979 el “lager” de Auschwitz y al recogerme en oración por tantas víctimas de diversas naciones, me detuve en particular ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea, manifestando así los sentimientos de mi ánimo: “Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abraham, que es el padre de nuestra fe, como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo que ha recibido de Dios el mandamiento de “no matar”, ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia” (L’Osservatore Romano, Edición en Lengua Española, 17 de junio de 1979, página 13).

 

También la comunidad judía de Roma pagó un alto precio de sangre. Y fue ciertamente un gesto significativo el que, en los años oscuros de la persecución racial, las puertas de nuestros conventos, de nuestras iglesias, del seminario romano, de edificios de la Santa Sede y de la misma Ciudad del Vaticano se abrieran para ofrecer refugio y salvación a tantos judíos de Roma, rastreados por los perseguidores.

 

 

LA DECLARACIÓN CONCILIAR “NOSTRA AETATE”

 

4. La visita de hoy quiere aportar una decidida contribución a la consolidación de las buenas relaciones entre nuestras comunidades, siguiendo las huellas de los ejemplos ofrecidos por tantos hombres y mujeres de una y otra parte que se han comprometido y se comprometen todavía para que se superen los viejos prejuicios y se dé espacio al reconocimiento cada vez más pleno de ese “vínculo” y de ese “común patrimonio espiritual” que existen entre judíos y cristianos.

 

Es éste el deseo que ya expresaba el párrafo n. 4, que ahora he recordado de la Declaración conciliar “Nostra Aetate” acerca de las relaciones de la Iglesia Católica con el Judaísmo y con cada uno de los judíos se ha dado con este breve pero lapidario texto.

 

Somos todos conscientes de que entre las muchas riquezas de este número 4 de “Nostra Aetate”, tres puntos son especialmente relevantes. Quisiera subrayarlos aquí, ante vosotros, en esta circunstancia verdaderamente única.

 

El primero es que la Iglesia de Cristo descubre su “relación” con el Judaísmo “escrutando su propio misterio” (cf. Nostra Aetate, ib). La religión judía no nos es “extrínseca”, sino que en cierto modo, es “intrínseca” a nuestra religión. Por tanto tenemos con ella relaciones que no tenemos con ninguna otra religión. Sois nuestros hermanos predilectos y en cierto modo se podría decir nuestros hermanos mayores.

 

El segundo punto que pone de relieve el Concilio es que a los judíos como pueblo, no se les puede imputar culpa alguna atávica o colectiva, por lo que “se hizo en la pasión de Jesús” (cf. Nostra Aetate, ib). Ni indistintamente a los judíos de aquel tiempo, ni a los que han venido después, ni a los de ahora. Por tanto, resulta inconsistente toda pretendida justificación teológica de medidas discriminatorias o, peor todavía, persecutorias. El Señor juzgará a cada uno “según las propias obras”, a los judíos y a los cristianos (cf. Rom 2,6).

 

El tercer punto de la Declaración conciliar que quisiera subrayar es la consecuencia del segundo; no es lícito decir, no obstante la conciencia que la Iglesia tiene de la propia identidad, que los judíos son “réprobos o malditos”, como si ello fuera enseñado o pudiera deducirse de las Sagradas Escrituras (cf. Nostra Aetate, ib) del Antiguo Testamento o del Nuevo Testamento. Más aún, había dicho antes el Concilio, en este mismo texto de “Nostra Aetate”, pero también en la Constitución dogmática “Lumen gentium” (n. 6) citando la Carta de San Pablo a los Romanos (11, 28 s.), que los judíos “permanecen muy queridos por Dios”, que los ha llamado con una “vocación irrevocable”.

 

 

JESÚS DE NAZARET Y SUS DISCÍPULOS

 

5. Sobre estas convicciones se apoyan nuestras relaciones actuales. Con ocasión de esta visita a vuestra Sinagoga, deseo reafirmarlas y proclamarlas en su valor perenne. Este es en efecto el significado que se debe atribuir a mi visita a vosotros, judíos de Roma.

 

No es cierto que yo haya venido a visitaros porque las diferencias entre nosotros se hayan superado ya. Sabemos bien que no es así.

Sobre todo cada una de nuestras religiones, con plena conciencia de los muchos vínculos que la unen a la otra, y en primer lugar de ese “vínculo” del que habla el Concilio, quiere ser reconocida y respetada en su propia identidad, fuera de todo sincretismo y de toda equívoca apropiación.

 

Además, se debe decir que el camino emprendido se halla todavía en sus comienzos, y que por tanto se necesitará todavía bastante tiempo, a pesar de los grandes esfuerzos ya hechos por una parte y por otra, para suprimir toda forma, aunque sea subrepticia, de prejuicios, para adecuar toda manera de expresarse y por tanto para presentar siempre y en cualquier parte, a nosotros mismos y a los demás, el verdadero rostro de los judíos y del Judaísmo como también de los cristianos y del cristianismo, y esto a cualquier nivel de mentalidad, de enseñanza y de comunicación.

 

A este respecto, quiero recordar a mis hermanos y hermanas de la Iglesia Católica, también en Roma, el hecho de que los instrumentos de aplicación del Concilio en este campo preciso están ya a disposición de todos, en dos documentos publicados respectivamente en 1974 y en 1985 por la Comisión de la Santa Sede para las Relaciones religiosas con el Judaísmo. Se trata solamente de estudiarlos con atención, de penetrar en sus enseñanzas y de ponerlos en práctica.

 

Seguramente quedan todavía entre nosotros dificultades de orden práctico, que esperan ser superadas en el plano de las relaciones fraternas: son fruto, tanto de siglos de mutua incomprensión, como de posiciones diversas y de actitudes no fácilmente superables en materias complejas e importantes.

 

A nadie se le oculta que la divergencia fundamental desde los orígenes es la adhesión de nosotros los cristianos a la persona y a la enseñanza de Jesús de Nazaret, hijo de vuestro pueblo, del cual nacieron también la Virgen María, los Apóstoles, “fundamento y columnas de la Iglesia”, y la mayoría de los miembros de la primera comunidad cristiana. Pero esta adhesión se sitúa en el orden de la fe, es decir, en el asentimiento libre de la inteligencia y del corazón guiados por el Espíritu y no puede ser jamás objeto de una presión externa, en un sentido o en el otro; es éste el motivo por el que nosotros estamos dispuestos a profundizar el diálogo con lealtad y amistad, en el respeto de las íntimas convicciones de los unos y de los otros, tomando como base fundamental los elementos de la Revelación que tenemos en común, como “gran patrimonio espiritual” (cf. Nostra Aetate, 4).

 

 

 

DIÁLOGO LEAL, AMISTAD AUTÉNTICA Y COLABORACIÓN FRATERNA EN ROMA

 

6. Es preciso decir, además, que las vías abiertas a nuestra colaboración a la luz de la herencia común que procede de la Ley y de los Profetas, son varias e importantes. Queremos recordar sobre todo una colaboración en favor del hombre, de su vida desde la concepción hasta la muerte natural, de su dignidad, de su libertad, de sus derechos, de su desarrollo en su sociedad no hostil, sino amiga y favorable, donde reine la justicia y donde en esta nación, en los continentes y en el mundo, sea la paz la que impere, el shalom auspiciado por los Legisladores, por los Profetas y por los Sabios de Israel.

 

Existe, más en general, el problema moral, el gran campo de la ética individual y social. Somos todos conscientes de lo aguda que es la crisis sobre este punto en nuestro tiempo. En una sociedad frecuentemente extraviada en el agnosticismo y en el individualismo, y que sufre las amargas consecuencias del egoísmo y de la violencia, judíos y cristianos son depositarios y testigos de una ética marcada por los diez mandamientos, en cuya observancia el hombre encuentra su verdad y su libertad. Promover una reflexión y colaboración común sobre este punto es uno de los grandes deberes de la hora presente.

 

Y finalmente quisiera dirigir mi pensamiento a esta ciudad donde convive la comunidad de los católicos con su Obispo, la comunidad de los judíos con sus autoridades y con su Rabino Jefe.

 

Que no sea la nuestra una “convivencia” sólo de medida estrecha, casi una yuxtaposición, intercalada con encuentros limitados y ocasionales, sino que esté animada por el amor fraterno.

 

 

EL AMOR EXIGIDO POR LA TORA

 

7. Los problemas de Roma son muchos. Vosotros lo sabéis bien. Cada uno de nosotros, a la luz de esa bendita herencia a la que anteriormente me refería, sabe que está llamado a colaborar, al menos en alguna medida, a sus soluciones. Tratemos en cuanto sea posible de hacerlo juntos, que de esta visita mía y de esta concordia y serenidad conseguidas surja, como el río que Ezequiel vio surgir de la puerta oriental del Templo de Jerusalén (cf. Ez 47, 1ss.), un torrente fresco y benéfico que ayude a sanar las plagas que Roma sufre.

 

Al hacer esto, me permito decir, seremos fieles a nuestros respectivos compromisos más sagrados, pero también a aquel que más profundamente nos une y nos reúne: la fe en un solo Dios que “ama a los extranjeros” y “hace justicia al huérfano y a la viuda” (cf. Dt 10,18), comprometiéndonos también nosotros a amarlos y socorrerlos (cf. ib., y Lev 19, 18,34). Los cristianos han aprendido esta voluntad del Señor de la Torá, que vosotros aquí veneráis, y de Jesús, que ha llevado hasta extremas consecuencias el amor pedido en la Torá.

 

 

LA MISERICORDIA DE DIOS

 

8. Sólo me queda ahora dirigir, como al principio de esta alocución, los ojos y la mente al Señor, para darle gracias y alabarlo por este encuentro feliz y por los bienes que del mismo ya emanan, por la fraternidad reencontrada y por el nuevo y más profundo entendimiento entre nosotros aquí en Roma, y entre la Iglesia y el Judaísmo en todas partes, en cada país, para beneficio de todos.

 

Por eso quisiera decir con el Salmista, en su lengua original que es también la que vosotros habéis heredado:

 

Hodû la Adonai ki tob / ki le olam hasdo / yomar-na Yisrael / ki le olam hasdo / yomerû-na yi’è Adonai / ki le olam hasdô (Sal 118, 1-2,4).

 

Dad gracias al Señor porque es bueno / porque es eterna su misericordia. / Diga la casa de Israel: eterna es su misericordia. / Digan los fieles del Señor: / eterna es su misericordia.

 

Amen.

 

Juan Pablo II - 60 Aniversario liberación Auschwitz - 27 enero 2005

                                                                     DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II 

 

en el 60 Aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau

enviado através del Cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París

enviado especial para los Actos del 27 de enero de2005

Se cumplen sesenta años de la liberación de los prisioneros del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. En esta circunstancia no podemos dejar deregresar con la memoria al drama que allí tuvo lugar, trágico fruto de un odioprogramado. En estos días es necesario recordar a los millones de 'personas quesin culpa alguna soportaron sufrimientos inhumanos y fueron aniquilados en lascámaras de gas y en los crematorios. Me inclino ante todos los queexperimentaron aquella manifestación del «mysterium iniquitatis».

Cuando, siendo Papa, visité como peregrino el campo de concentración deAuschwitz-Birkenau, en el año 1979, me detuve ante las lápidas dedicadas a lasvíctimas. Había frases grabadas en diferentes idiomas: polaco, inglés, búlgaro,rom, checo, danés, francés, griego, hebreo, yiddish, español, flamenco,serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro e italiano. En todos estosidiomas estaba escrito el recuerdo de las víctimas de Auschwitz, personasconcretas, a pesar de que con frecuencia eran totalmente desconocidas: hombres,mujeres y niños. Me detuve entonces durante algo más tiempo ante las lápidasescritas en hebreo. Dije: «Esta inscripción recuerda al Pueblo, cuyos hijos ehijas fueron destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen enAbraham, que es también nuestro padre en la fe (cf. Romanos 4,11-12), comoexpresó Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que recibió de Dios elmandamiento "No matarás", ha experimentado en sí mismo de formaparticular lo que significa matar. Ante esta lápida nadie puede pasar de largocon indiferencia».

Hoy repito aquellas palabras. Nadie puede pasar de largo ante la tragedia de laShoah. Aquel intento de acabar programadamente con todo un pueblo se extiendecomo una sombra sobre Europa y el mundo entero; es un crimen que mancha parasiempre la historia de la humanidad. Que sirva de advertencia para nuestrosdías y para el futuro: no hay que ceder ante las ideologías que justifican laposibilidad de pisotear la dignidad humana basándose en la diversidad de raza,del color de la piel, de lengua o de religión. Lanzo este llamamiento a todos yen particular a aquellos que en nombre de la religión recurren al atropello yal terrorismo.

Estas reflexiones me acompañaron especialmente cuando la Iglesia celebró lasolemne liturgia penitencial en la Basílica de San Pedro en el Gran Jubileo delAño 2000 y también cuando peregriné a los Santos Lugares y subí a Jerusalén. En Yad Vashem, el memorial de la Shoah, a los pies del Muro de las Lamentaciones,recé en silencio, pidiendo el perdón y la conversión de los corazones.

Recuerdo que, en 1979, me detuve a reflexionar intensamente también ante otraslápidas, escritas en ruso y en rom. La historia de la participación de la UniónSoviética en aquella guerra fue compleja, pero no es posible dejar de recordarque en ella los rusos sufrieron el número más elevado de personas que perdierontrágicamente la vida. También los gitanos, en las intenciones de Hitler, habíansido destinados al exterminio total. No se puede infravalorar el sacrificio dela vida impuesto a aquellos hermanos nuestros en el campo de exterminio deAuschwitz-Birkenau. Por eso, exhorto a no pasar con indiferencia ante aquellaslápidas.

Me detuve, por último, ante la lápida escrita en polaco. Entonces dije que laexperiencia de Auschwitz constituía «una etapa ulterior en las luchas secularesde esta nación, de mi nación, en defensa de sus derechos fundamentales entrelos pueblos de Europa. Era un nuevo grito por el derecho de ocupar su propiolugar en el mapa de Europa: una nueva cuenta dolorosa con la conciencia de lahumanidad». La afirmación de esta verdad no era más que una invocación a lajusticia histórica para esta nación que había afrontado tantos sacrificios enla liberación del continente europeo de la nefasta ideología nazi y había sidovendida como esclava a otra ideología destructiva: el comunismo soviético. Hoyrecuerdo aquellas palabras para dar gracias a Dios -sin renegarlas- porque através del perseverante esfuerzo de mis compatriotas, Polonia ha encontrado sulugar adecuado en el mapa de Europa. Mi deseo e que este histórico hecho traigafrutos de recíproco enriquecimiento para todos los europeos.

Durante la visita a Auschwitz-Birkenau dije que había que detenerse ante cadalápida. Yo mismo lo hice, pasando en meditativa oración de una lápida a otra,encomendando a la Misericordia Divina a todas las víctimas pertenecientes a lanaciones golpeadas por las atrocidades de la guerra. También recé para obtener,por su intercesión, el don de la paz en el mundo. Sigo rezando sin cesar, conla confianza de que, en toda circunstancia, al al final venza el respeto de ladignidad de la persona humana, de los derechos de todo hombre a una librebúsqueda de la verdad, de la observancia de las normas de la moral, delcumplimiento de la justicia, y del derecho de cada quien a condiciones de vidadignas del hombre (cf. Juan XXIII, carta encíclica «Pacem in terris»).

Al hablar de las víctimas de Auschwitz, no puedo dejar de recordar que, enmedio de aquella acumulación de mal indescriptible, se dieron manifestacionesheroicas de adhesión al bien. Ciertamente hubo muchas personas que aceptaroncon libertad de espíritu someterse al sufrimiento, y demostraron amor no sólohacia los compañeros prisioneros, sino también a sus verdugos. Muchos lohicieron por amor de Dios y del hombre, otros en nombre de los valoreespirituales más elevados. Gracias a su actitud, se hizo evidente una verdad,que con frecuencia aparece en la Biblia: aunque el hombre es capaz de hacer elmal, a veces un mal enorme, el mal no tendrá la última palabra. En el abismomismo del sufrimiento, puede vencer el amor. El testimonio de un amor como elsurgido en Auschwitz no puede caer en el olvido. Debe alzar incesantemente lasconciencias, extinguir los conflictos, exhortar a la paz.

Éste parece ser el sentido más profundo de la celebración de este aniversario.Si recordamos el drama de las víctimas, no lo hacemos para volver a abrirheridas dolorosas ni para suscitar sentimientos de odio y propósitos devenganza, sino para rendir homenaje a aquellas personas, para sacar a la luz laverdad histórica y, sobre todo, para que todos se den cuenta de laresponsabilidad en la construcción de nuestra historia. ¡Que nunca más serepita en ningún rincón de la tierra lo que experimentaron los hombre y mujeresque lloramos desde hace sesenta años!

Saludo a todos los que participan en las celebraciones del aniversario y paratodos pido a Dios el don de la su bendición.

IOANNES PAULUS II

Vaticano, 15 de enero de 2005

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