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Juan Pablo II - 60 Aniversario liberación Auschwitz - 27 enero 2005

                                                                     DISCURSO DE SU SANTIDAD JUAN PABLO II 

 

en el 60 Aniversario de la liberación de Auschwitz-Birkenau

enviado através del Cardenal Jean-Marie Lustiger, arzobispo de París

enviado especial para los Actos del 27 de enero de2005

Se cumplen sesenta años de la liberación de los prisioneros del campo de exterminio de Auschwitz-Birkenau. En esta circunstancia no podemos dejar deregresar con la memoria al drama que allí tuvo lugar, trágico fruto de un odioprogramado. En estos días es necesario recordar a los millones de 'personas quesin culpa alguna soportaron sufrimientos inhumanos y fueron aniquilados en lascámaras de gas y en los crematorios. Me inclino ante todos los queexperimentaron aquella manifestación del «mysterium iniquitatis».

Cuando, siendo Papa, visité como peregrino el campo de concentración deAuschwitz-Birkenau, en el año 1979, me detuve ante las lápidas dedicadas a lasvíctimas. Había frases grabadas en diferentes idiomas: polaco, inglés, búlgaro,rom, checo, danés, francés, griego, hebreo, yiddish, español, flamenco,serbo-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro e italiano. En todos estosidiomas estaba escrito el recuerdo de las víctimas de Auschwitz, personasconcretas, a pesar de que con frecuencia eran totalmente desconocidas: hombres,mujeres y niños. Me detuve entonces durante algo más tiempo ante las lápidasescritas en hebreo. Dije: «Esta inscripción recuerda al Pueblo, cuyos hijos ehijas fueron destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen enAbraham, que es también nuestro padre en la fe (cf. Romanos 4,11-12), comoexpresó Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que recibió de Dios elmandamiento "No matarás", ha experimentado en sí mismo de formaparticular lo que significa matar. Ante esta lápida nadie puede pasar de largocon indiferencia».

Hoy repito aquellas palabras. Nadie puede pasar de largo ante la tragedia de laShoah. Aquel intento de acabar programadamente con todo un pueblo se extiendecomo una sombra sobre Europa y el mundo entero; es un crimen que mancha parasiempre la historia de la humanidad. Que sirva de advertencia para nuestrosdías y para el futuro: no hay que ceder ante las ideologías que justifican laposibilidad de pisotear la dignidad humana basándose en la diversidad de raza,del color de la piel, de lengua o de religión. Lanzo este llamamiento a todos yen particular a aquellos que en nombre de la religión recurren al atropello yal terrorismo.

Estas reflexiones me acompañaron especialmente cuando la Iglesia celebró lasolemne liturgia penitencial en la Basílica de San Pedro en el Gran Jubileo delAño 2000 y también cuando peregriné a los Santos Lugares y subí a Jerusalén. En Yad Vashem, el memorial de la Shoah, a los pies del Muro de las Lamentaciones,recé en silencio, pidiendo el perdón y la conversión de los corazones.

Recuerdo que, en 1979, me detuve a reflexionar intensamente también ante otraslápidas, escritas en ruso y en rom. La historia de la participación de la UniónSoviética en aquella guerra fue compleja, pero no es posible dejar de recordarque en ella los rusos sufrieron el número más elevado de personas que perdierontrágicamente la vida. También los gitanos, en las intenciones de Hitler, habíansido destinados al exterminio total. No se puede infravalorar el sacrificio dela vida impuesto a aquellos hermanos nuestros en el campo de exterminio deAuschwitz-Birkenau. Por eso, exhorto a no pasar con indiferencia ante aquellaslápidas.

Me detuve, por último, ante la lápida escrita en polaco. Entonces dije que laexperiencia de Auschwitz constituía «una etapa ulterior en las luchas secularesde esta nación, de mi nación, en defensa de sus derechos fundamentales entrelos pueblos de Europa. Era un nuevo grito por el derecho de ocupar su propiolugar en el mapa de Europa: una nueva cuenta dolorosa con la conciencia de lahumanidad». La afirmación de esta verdad no era más que una invocación a lajusticia histórica para esta nación que había afrontado tantos sacrificios enla liberación del continente europeo de la nefasta ideología nazi y había sidovendida como esclava a otra ideología destructiva: el comunismo soviético. Hoyrecuerdo aquellas palabras para dar gracias a Dios -sin renegarlas- porque através del perseverante esfuerzo de mis compatriotas, Polonia ha encontrado sulugar adecuado en el mapa de Europa. Mi deseo e que este histórico hecho traigafrutos de recíproco enriquecimiento para todos los europeos.

Durante la visita a Auschwitz-Birkenau dije que había que detenerse ante cadalápida. Yo mismo lo hice, pasando en meditativa oración de una lápida a otra,encomendando a la Misericordia Divina a todas las víctimas pertenecientes a lanaciones golpeadas por las atrocidades de la guerra. También recé para obtener,por su intercesión, el don de la paz en el mundo. Sigo rezando sin cesar, conla confianza de que, en toda circunstancia, al al final venza el respeto de ladignidad de la persona humana, de los derechos de todo hombre a una librebúsqueda de la verdad, de la observancia de las normas de la moral, delcumplimiento de la justicia, y del derecho de cada quien a condiciones de vidadignas del hombre (cf. Juan XXIII, carta encíclica «Pacem in terris»).

Al hablar de las víctimas de Auschwitz, no puedo dejar de recordar que, enmedio de aquella acumulación de mal indescriptible, se dieron manifestacionesheroicas de adhesión al bien. Ciertamente hubo muchas personas que aceptaroncon libertad de espíritu someterse al sufrimiento, y demostraron amor no sólohacia los compañeros prisioneros, sino también a sus verdugos. Muchos lohicieron por amor de Dios y del hombre, otros en nombre de los valoreespirituales más elevados. Gracias a su actitud, se hizo evidente una verdad,que con frecuencia aparece en la Biblia: aunque el hombre es capaz de hacer elmal, a veces un mal enorme, el mal no tendrá la última palabra. En el abismomismo del sufrimiento, puede vencer el amor. El testimonio de un amor como elsurgido en Auschwitz no puede caer en el olvido. Debe alzar incesantemente lasconciencias, extinguir los conflictos, exhortar a la paz.

Éste parece ser el sentido más profundo de la celebración de este aniversario.Si recordamos el drama de las víctimas, no lo hacemos para volver a abrirheridas dolorosas ni para suscitar sentimientos de odio y propósitos devenganza, sino para rendir homenaje a aquellas personas, para sacar a la luz laverdad histórica y, sobre todo, para que todos se den cuenta de laresponsabilidad en la construcción de nuestra historia. ¡Que nunca más serepita en ningún rincón de la tierra lo que experimentaron los hombre y mujeresque lloramos desde hace sesenta años!

Saludo a todos los que participan en las celebraciones del aniversario y paratodos pido a Dios el don de la su bendición.

IOANNES PAULUS II

Vaticano, 15 de enero de 2005

Intervención Vaticana en la ONU- Sexagésimo aniversario fin de Auschwitz -2005

Intervención vaticana en la ONU en el sexagésimo aniversario

del fin de Auschwitz

Pronunciada por el arzobispo Migliore, observador permanente ante las Naciones Unidas

25 de enero de 2005

 

Señor presidente:

Mi delegación da cordialmente la bienvenida a la iniciativa que nos ha permitido celebrar esta sesión especial de la Asamblea General para conmemorar el sexagésimo aniversario de la liberación de los campos de concentración del nazismo por las Fuerzas Aliadas.

 

Nos ofrece una nueva oportunidad para recordar solemnemente a las víctimas de una visión política inhumana basada en una ideología extrema. Nos recuerda también las raíces mismas de esta organización, de sus nobles metas y de la voluntad política que sigue siendo necesaria para prevenir que este tipo de horrores se repitan.

 

Hoy contemplamos las consecuencias de la intolerancia al recordar a todos aquellos que se convirtieron en objetivo de la ingeniería política y social de los nazis, elaborada a tremenda escala y utilizando una brutalidad deliberada y calculada. Aquellos que eran considerados como inútiles para la sociedad --los judíos, los pueblos eslavos, los gitanos, los discapacitados, los homosexuales, entre otros-- fueron destinados al exterminio; aquellos que se atrevieron a oponerse al régimen con sus palabras y con los hechos --políticos, líderes religiosos, ciudadanos privados--, pagaron con frecuencia su oposición con sus vidas. Se estudiaron las condiciones para hacer que los seres humanos perdieran su dignidad esencial y se les despojara de toda decencia y sentimiento humano.

Esos campos de muerte testimonian también un plan sin precedentes que buscaba la exterminación sistemática y deliberada de un todo un pueblo, el pueblo judío. La Santa Sede ha recordado en numerosas ocasiones con sentido de profunda tristeza los sufrimientos de los judíos a causa del crimen que ahora es conocido como Shoah. Acaecido en uno de los capítulos más oscuros del siglo XX, es único en su género y sigue siendo todavía una mancha vergonzosa en la historia de la humanidad ante la conciencia de todos.

Durante su visita a Auschwitz en 1979, Juan Pablo II afirmó que deberíamos hacer que el llanto de las personas allí martirizadas sirviera para hacer un mundo mejor, sacando las conclusiones adecuadas de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

 

Señor presidente:

En un siglo caracterizado por catástrofes causadas por los hombres, los campos de muerte del nazismo son un recuerdo excepcional de «la inhumanidad del ser humano con sus semejantes» y de su capacidad para hacer el mal. Sin embargo, debemos recordar que la humanidad es también capaz de grandes cosas, del sacrificio personal y del altruismo. Cuando las calamidades naturales o humanas golpean, como hemos visto en las semanas recientes, las personas ofrecen la mejor cara de la sociedad humana, con solidaridad y fraternidad, en ocasiones, a expensas de los propios intereses. En el contexto de la conmemoración de hoy, necesitamos pensar sobre todo en estas personas valientes de todos los ámbitos de la sociedad, muchos de los cuales han sido reconocidos como «Justos entre las Naciones». Todos los pueblos del mundo son capaces de hacer mucho bien, algo que se alcanza con frecuencia a través de la educación y de la guía moral. Y a todo esto, deberíamos añadir una dimensión espiritual, que sin dar una falsa esperanza o explicaciones fáciles, nos ayuda a mantener la humildad, la perspectiva y a afrontar terribles acontecimientos.

 

Por este motivo mi delegación da la bienvenida a esta oportunidad de recordar la liberación de los campos de concentración del nazismo para que la humanidad no olvide el terror del que es capaz el hombre; los males del extremismo político arrogante y de la ingeniería social; y recuerde la necesidad de construir un mundo más seguro y sano para cada hombre, mujer, y niño que viva en él.

 

Ojalá muchos hombres y mujeres de buena voluntad aprovechen esta ocasión para decir «Nunca más» a crímenes como esos, sin importar cual sea su inspiración política, para que todas las naciones, así como esta organización, respeten verdaderamente la vida, la libertad y la dignidad de cada uno de los seres humanos. Con una voluntad política seria, con los recursos morales y espirituales seremos capaces de transformar una vez por todas nuestras respectivas culturas para que las personas del mundo aprendan a custodiar como un tesoro la vida y a promover la paz.

Gracias, señor presidente.

Juan Pablo II - Concierto de la Reconciliación - 17 enero 2004

DISCURSO DEL PAPA JUAN PABLO II
AL FINAL DEL "CONCIERTO DE LA RECONCILIACIÓN"
OFRECIDO EN LA SALA PABLO VI

Sábado 17 de enero de 2004

 

1. Con viva emoción he asistido al concierto de esta tarde dedicado al tema de la reconciliación entre judíos, cristianos y musulmanes. He escuchado con participación interior la espléndida ejecución musical, que ha sido para todos nosotros ocasión de reflexión y oración. Saludo y doy las gracias de corazón a los promotores de la iniciativa y a cuantos han contribuido a su realización concreta.

Saludo a los presidentes y a los miembros de los Consejos pontificios que han organizado este acontecimiento tan significativo. Saludo a las personalidades y a los representantes de las diversas organizaciones judías internacionales, de las Iglesias y comunidades eclesiales y del islam, que con su participación hacen aún más sugestivo este encuentro. Expreso mi gratitud en particular a los Caballeros de Colón, que han dado su apoyo concreto al concierto, así como a la RAI, aquí representada por sus dirigentes, que ha asegurado su adecuada difusión.

Dirijo también mi saludo al ilustre maestro Gilbert Levine y a los miembros de la orquesta sinfónica de Pittsburgh y de los coros de Ankara, Cracovia, Londres y Pittsburgh. La elección de las piezas de esta tarde tenían como finalidad atraer nuestra atención hacia dos puntos importantes que, en cierto sentido, unen a los seguidores del judaísmo, del islam y del cristianismo, aunque los respectivos textos sagrados los tratan de modo diferente. Esos dos puntos son:  la veneración al patriarca Abraham y la resurrección de los muertos. Hemos escuchado un magistral comentario de esos puntos en el motete sacro "Abraham", de John Harbison, y en la sinfonía número 2 de Gustav Malher, inspirada en el poema dramático "Dziady", del ilustre dramaturgo polaco Adam Mickiewicz.

2. La historia de las relaciones entre judíos, cristianos y musulmanes está marcada por luces y sombras y, por desgracia, ha conocido momentos dolorosos. Hoy, se siente la necesidad urgente de una sincera reconciliación entre los creyentes en el único Dios.

Esta tarde nos hallamos reunidos aquí para expresar concretamente este compromiso de reconciliación a través del mensaje universal de la música. Se nos ha recordado la exhortación:  "Yo soy el Dios omnipotente. Camina en mi presencia y sé perfecto" (Gn 17, 1). Todo ser humano siente resonar en su interior esas palabras; sabe que un día deberá dar cuenta a Dios, que desde lo alto observa su camino en la tierra.

Juntos expresamos el deseo de que los hombres sean purificados del odio y del mal que amenazan continuamente la paz, y se tiendan recíprocamente manos que no conozcan violencia, sino que estén dispuestas a ofrecer ayuda y consuelo a las personas necesitadas.

3. El judío honra al Omnipotente como protector de la persona humana, y Dios de las promesas de vida. El cristiano sabe que el amor es el motivo por el que Dios entra en relación con el hombre, y que el amor es la respuesta que él espera del hombre. Para el musulmán, Dios es bueno y sabe colmar al creyente de sus misericordias. Judíos, cristianos y musulmanes, alimentados con estas  convicciones, no pueden aceptar que el odio aflija a la tierra y que guerras sin fin trastornen a la humanidad.

¡Sí! Debemos encontrar en nosotros la valentía de la paz. Debemos implorar de Dios el don de la paz. Y esta paz se derramará como aceite que alivia, si recorremos sin cesar el camino de la reconciliación. Entonces el desierto se convertirá en un jardín donde reinará la justicia, y el efecto de la justicia será la paz (cf. Is 32, 15-16).

Omnia vincit amor!

Juan Pablo II - Discurso Conmemoración Holocausto - abril 1994

DISCURSO DE JUAN PABLO II EN CONMEMORACIÓN  

DEL HOLOCAUSTO DE MILLONES DE JUDÍOS

 

7 de abril 1994

 

Las melodías y los cantos que han resonado en esta aula eran expresión de una común meditación y de una oración compartida. Voces diversas se han unido en un concierto de sonidos y de armonías que nos han llegado a la intimidad y nos han emocionado. Hemos orado sabiendo que el Señor, si es invocado, responde para levantar el ánimo de quien está desesperado, romper las cadenas del oprimido, dispersar las sombras que se acumulan en los valles oscuros de la vida.

 

Entre quienes están con nosotros esta tarde hay quien ha vivido en la propia carne una horrible experiencia, ha atravesado un oscuro desierto en el que parecía estar agotada la fuente misma del amor.

 

Muchos han llorado entonces y su lloro resuena todavía. Lo escuchamos también aquí; no ha muerto con ellos, sino que se levanta fuerte, acongojado, triste, y dice: “No olvidéis”. Se dirige a todos y cada uno.

 

Nos hemos reunido, pues, en esta tarde, para conmemorar el holocausto de millones de judíos. Las velas, encendidas por algunos supervivientes, quieren demostrar simbólicamente que esta sala no tiene límites estrechos y que incluye a todas las víctimas: padres, madres, hijos, hermanos, amigos. En el recuerdo, todos están presentes, están con vosotros, están con nosotros.

 

Tenemos un compromiso, el único capaz, sin duda, de dar un sentido a toda lágrima derramada por el hombre por causa del hombre, y de justificarla.

 

Nosotros hemos visto con nuestros ojos, hemos sido y somos testigos de la violencia y del odio que, con excesiva frecuencia, se entienden en el mundo y lo envuelven en llamas.

 

Hemos visto y vemos la paz burlada, la fraternidad escarnecida, la concordia despreciada, la misericordia pisoteada.

 

Ahora bien, el hombre aspira a la justicia. El es el único ser de la creación capaz de concebirla. Salvar al hombre no significa solamente no matarlo, no mutilarlo, no torturarlo. Significa también dar al hambre y sed de justicia que hay en él la posibilidad de saciarlos.

 

Éste es nuestro compromiso. Correremos el riesgo de conseguir que mueran nuevamente las víctimas de las más atroces muertes, si no tenemos la pasión de la justicia y si no nos comprometemos, cada uno de acuerdo con las propias capacidades, a conseguir que el mal no prevalezca sobre el bien, como ha sucedido en relación con millones de hijos del pueblo judío.

 

Es necesario, pues, redoblar los esfuerzos para liberar al hombre de los espectros del racismo, de la exclusión, de la marginación, de la esclavitud, de la xenofobia; para extirpar también las raíces de estos males que se ciernen sobre la sociedad y minan los fundamentos de la pacífica convivencia. El mal se presenta siempre bajo nuevas formas; sus rostros son muchos y muchas son también sus lisonjas. Corresponde a nosotros desenmascarar su peligroso poder y, con la ayuda de Dios, neutralizarlo.

 

Me hubiera gustado mencionar, uno por uno, en la medida de lo posible, a todos los que han promovido y alentado esta iniciativa; a los que la han apoyado y están aquí con nosotros en este momento; a los numerosos representantes de las comunidades y de las organizaciones judías de todo el mundo; a los supervivientes de la Shoah, personajes y representantes eminentes de la esfera civil y religiosa; a todos los que han aceptado la invitación para asistir a este concierto, y a quienes lo han ejecutado bajo la experta dirección del Maestro Gilbert Levine.

 

Les doy las gracias de todo corazón porque han contribuido a conferir significado e importancia a este acontecimiento conmemorativo.

 

Su presencia refuerza nuestro compromiso común.

 

Las melodías evocadoras que hemos escuchado reflejan la angustiada súplica al Señor, la esperanza en Aquél que escucha a quienes lo buscan. En nuestros corazones permanecen esta profunda impresión que evoca nuevamente recuerdos y nos exhorta a orar.

 

Antes de concluir este encuentro, deseo invitaros a guardar un momento de silencio, para alabar al Señor con las palabras que sugiera a nuestros corazones y escuchar, una vez más, la súplica: “No os olvidéis”.

Juan Pablo II - 50 Aniversario Ghetto de Varsovia 1993

50 Aniversario de la Sublevación del Ghetto de Varsovia

 

18 de abril 1993

... Este día no debe impedirnos dirigir nuestra atención a un acontecimiento, preñado de sufrimientos inhumanos, acaecido hace cincuenta años: la sublevación del ghetto de Varsovia. Siento gran necesidad de saludar hoy a los cristianos y judíos que se han reunido en esta plaza para conmemorar ese hecho y los crímenes perpetrados contra el pueblo judío durante la última guerra mundial.

 

Con profunda solidaridad hacia ese pueblo y en comunión con toda la comunidad de los católicos, quisiera recordar aquellos terribles eventos, ya lejanos en el tiempo, pero grabados en la mente de muchos de nosotros: los días de la Shoah han marcado una verdadera noche en la historia, registrando crímenes inauditos contra Dios y contra el hombre. ¿Cómo no estar junto a vosotros, amados hermanos judíos, para recordar en la oración y en la meditación un aniversario tan doloroso? Tened la seguridad de que no sostenéis solos la pena de vuestro recuerdo; nosotros oramos y velamos con vosotros, bajo la mirada de Dios, santo y justo, rico en misericordia y en perdón. Que nuestra solidaridad unánime sea un signo que anticipe para la humanidad inquieta el día de paz anunciado por Isaías cuando “no levantará espada nación contra nación, ni se ejercitarán más en la guerra” (Is 2,4).

Juan Pablo II - Carta 50 Aniversario II Guerra Mundial - 1989

CARTA DE JUAN PABLO II

EN EL CINCUENTA ANIVERSARIO DE LA II GUERRA MUNDIAL

27 de agosto 1989

 

“Me has echado en lo profundo de la fosa, en las tinieblas, en los abismos (Sal 88 87:7)” ¡Cuántas veces este grito de dolor ha surgido del corazón de millones de mujeres y de hombres que, desde 1 de septiembre de 1939 hasta el final del verano de 1945, se enfrentaron con una de las tragedias más destructoras e inhumanas de nuestra historia!

 Este es el cuadro sombrío de los hechos que recordamos hoy. Provocaron la muerte de cincuenta y cinco millones de personas, dejando divididos a los vencedores y una Europa para reconstruir.

 En efecto, tenemos el “deber de sacar una lección de ese pasado”, para que jamás pueda repetirse el conjunto de causas capaz de desencadenar un conflicto semejante.

 Pero de todas las medidas antihumanas, una de ellas constituye para siempre una vergüenza para la Humanidad: La barbarie planificada que se ensaño contra los judíos.

 Objeto de la “solución final”, imaginada por una ideología aberrante, los judíos fueron sometidos a privaciones y brutalidades indescriptibles. Perseguidos primero con medidas vejatorias o discriminatorias, más tarde acabaron a millones en campos de exterminio.

 Los judíos de Polonia, más que otros, vivieron este calvario: las imágenes del cerco de la judería de Varsovia, como lo que se supo sobre los campos de Auschwitz, de Majdanek o de Treblinca, superan en horror lo que humanamente se pueda imaginar.

 Hay que recordar también que esta locura homicida se abatió sobre otros muchos grupos que tenían la culpa de ser “diferentes” o rebeldes a la tiranía del invasor.

 Con ocasión de este doloroso aniversario, me dirijo una vez más a todos los hombres, invitándolos a superar sus prejuicios y a “combatir todas las formas del racismo”, aceptando reconocer en cada persona humana la dignidad fundamental y el bien que hay en la misma, tomar cada vez mayor conciencia de pertenecer a una única familia humana querida y congregada por Dios.

 Deseo repetir aquí con fuerza que la hostilidad o el odio hacia el Judaísmo están en total contradicción con la visión cristiana de la dignidad de la persona humana...

Juan Pablo II - Campo de Majdanek- junio 1987

JUAN PABLO II

EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE MAJDANEK

Junio 1987

 

El Papa le dijo a una superviviente de Auschwitz y de Majdanek: “ Usted que sobrevivió, recuerde todo y sea testigo de todo lo que sucedió aquí. Tenemos que recordar la causa de este campo de muerte como una advertencia al mundo de hoy”.

Juan Pablo II - Campo de Auschwitz - junio 1979

PALABRAS DEL PAPA

EN EL CAMPO DE CONCENTRACIÓN DE AUSCHWITZ

7 de junio 1979

 

 ... Vengo, pues, y me arrodillo en este Gólgota del mundo contemporáneo, sobre estas tumbas, en gran parte sin nombre, como la gran tumba del Soldado Desconocido. Me arrodillo delante de todas las lápidas interminables, en las que se ha grabado la conmemoración de las víctimas de Oswiecim en las siguientes lenguas: polaco, inglés, búlgaro, cíngaro, checo, danés, francés, griego, hebreo, yidis, español, flamenco, servio-croata, alemán, noruego, ruso, rumano, húngaro, italiano.

 

En particular, me detengo junto a vosotros, queridos participantes en este encuentro, ante la lápida con la inscripción en lengua hebrea. Esta inscripción suscita el recuerdo del pueblo, cuyos hijos e hijas estaban destinados al exterminio total. Este pueblo tiene su origen en Abraham, que es el padre de nuestra fe (cf. Rom 4,12), como dijo Pablo de Tarso. Precisamente este pueblo, que ha recibido de Dios el mandamiento de “no matar”, ha probado en sí mismo, en medida particular, lo que significa matar. A nadie le es lícito pasar delante de esta lápida con indiferencia...

Juan Pablo II - Carta presentación Nosotros Recordamos 1998

CARTA DE JUAN PABLO II DE PRESENTACION
DEL DOCUMENTO "Nosotros Recordamos"

"La Iglesia alienta a sus hijos a purificar sus corazones
a través del arrepentimiento"

Vaticano, 12 marzo, 1998

 

Al Señor Cardenal Edward Idris Cassidy

Presidente de la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Hebraísmo

En numerosas ocasiones durante mi pontificado he recordado con profundo pesar los sufrimientos del pueblo hebreo durante la Segunda Guerra Mundial. El crimen que se ha llegado a conocer como la "Shoah" permanece como una mancha indeleble de la historia del siglo que está por concluirse. Preparándonos para iniciar el tercer milenio de la era cristiana, la Iglesia es consciente de que el gozo de un Jubileo es, sobre todo, un gozo fundado sobre el perdón de los pecados y sobre la reconciliación con Dios y con el prójimo. Por ello, alienta a sus hijos e hijas a purificar sus corazones, a través del arrepentimiento por los errores y las infidelidades del pasado. Ella también los llama a presentarse humildemente delante de Dios y a examinarse sobre la responsabilidad que también ellos tienen con respecto a los males de nuestro tiempo.

Es mi ferviente esperanza que el documento: "Nosotros recordamos: una Reflexión sobre al "Shoah"", que la Comisión para las Relaciones Religiosas con el Hebraísmo ha preparado bajo su dirección, ayude verdaderamente a curar a las heridas de la incomprensión e injusticias del pasado. Que ellos sirva para que la memoria pueda ejercer su papel necesario en el proceso de construcción de un futuro en el cual la indecible iniquidad de la "Shoah" no pueda volverse a repetir. Que el Señor de la historia guíe los esfuerzos de los católicos y los hebreos y de todos los hombres y mujeres de buena voluntad para que trabajen juntos por un mundo de auténtico respeto por la vida y la dignidad de todo ser humano, ya que todos han sido creados a imagen y semejanza de Dios.

Juan Pablo II

Juan Pablo II - Discurso Las raices del antijudaísmo en los ambientes cristianos- 1997

DISCURSO DE JUAN PABLO II PRONUNCIADO

ANTES LOS PARTICIPANTES DEL SIMPOSIO SOBRE

“LAS RAICES DEL ANTIJUDAÍSMO EN  

LOS AMBIENTES CRISTIANOS”

Roma 31 de octubre al 2 de noviembre 1997

 

Señores cardenales, queridos hermanos en el Episcopado, queridos amigos:

 1. Me complace recibiros en el curso de vuestro encuentro sobre las raíces del antisemitismo. Saludo especialmente al Sr. cardenal Roger Etchegaray, Presidente del Comité del Gran Jubileo del año 2000, que preside vuestras trabajos. Os agradezco a todos el haber consagrado estas jornadas a un estudio teológico de gran importancia.

 Vuestro coloquio se inscribe en la preparación del Gran Jubileo para el cual he invitado a los hijos de la Iglesia a hacer balance sobre el pasado milenio, y especialmente de nuestro siglo, en el espíritu de un necesario “examen de conciencia”, a las puertas de lo que debe ser un tiempo de conversión y de reconciliación (Cf.Tertio millennio adveniente, nn. 27-35).

 El propósito de vuestro simposio es la correcta interpretación teológica de las relaciones de la Iglesia de Cristo con el pueblo judío, a las que la declaración conciliar Nostra Aetate puso las bases y sobre las que, en el ejercicio de mi magisterio, he tenido personalmente la ocasión de intervenir en varias ocasiones. De hecho, en el mundo cristiano -no digo por parte de la Iglesia en cuanto tal- han circulado durante mucho tiempo erróneas e injustas interpretaciones del Nuevo Testamento relativas al pueblo judío y a su supuesta culpa, engendrando sentimientos de hostilidad respecto a este pueblo. También contribuyeron a adormecer muchas conciencias, de modo que, cuando se extendió por Europa la ola de persecuciones inspiradas por un antijudaísmo pagano, que, en su esencia era al mismo tiempo un anticristianismo, junto a cristianos que hicieron de todo para salvar a los perseguidos hasta arriesgar su vida, la resistencia espiritual de muchos no fue la que la humanidad tenía el derecho de esperar de parte de los discípulos de Cristo. Vuestra lúcida mirada sobre el pasado, con vistas a una purificación de la memoria, es particularmente oportuna para mostrar claramente que el antisemitismo no tiene ninguna justificación y es absolutamente condenable.

 Vuestros trabajos completan la reflexíón realizada especialmente por la Comisión para las Relaciones religiosas con el Judaísmo, reflexión que desembocó, entre otras, en las Orientaciones del 1 de diciembre de 1974 y en las Notas para una correcta presentación de los judíos y del Judaísmo en la predicación y la catequesis de la Igelsia Católica del 24 de junio de 1985. Aprecio el hecho de que la investigación de carácter teológico realizada por vuestro Simposio esté presidida por un gran rigor científico, en la convicción de que servir a la verdad es servir a Cristo mismo y a su Iglesia.

 2. El Apóstol Pablo, como conclusión a los capítulos de la Carta a los Romanos (Caps. 9-11), en los cuales nos aporta una luz decisiva sobre el destino de Israel según el plan de Dios, hace resonar un canto de adoración: “¡ Qué Abismo de la riqueza, de la sabiduría y de la ciencia de Dios!”. En el alma ardiente de Pablo este himno es un eco del principio que acaba de enunciar y que constituye en cierto sentido el tema central de toda la epístola. “Pues Dios ha encerrado a todos los hombres en la desobediencia para tener de todos misericordia” (Ibid. II, 32). La historia de la Salvación, incluso cuando sus avatares nos parecen desconcertantes, está guiada por la misericordia de Aquel que ha venido a salvar lo que estaba perdido. Sólo una actitud de adoración ante las insondables profundidades de la Providencia amorosa de Dios permite vislumbrar algo de lo que constituye un misterio de la fe.

 3. En el origen de este pequeño pueblo situado entre dos grandes imperios de religión pagana que lo eclipsaban con el resplandor de su cultura, está el hecho de la elección divina. Este pueblo es convocado y conducido por Dios, Creador del cielo y de la tierra. Su existencia no es, pues, un mero hecho de naturaleza ni de cultura, en el sentido en que por la cultura el hombre despliega los recursos de su propia naturaleza. Es un hecho sobrenatural. Este pueblo persevera a pesar de todo porque es el pueblo de la Alianza y porque, pese a las infidelidades de los hombres, el Señor es fiel a su Alianza. Ignorar este dato primordial es seguir la trayectoria de un marcionismo contra el cual la Iglesia bien pronto reaccionó con energía, consciente como era de su vínculo vital con el Antiguo Testamento, sin el cual el mismo Nuevo Testamento queda falto de significado. Las Escrituras son inseparables del pueblo y de su historia, que conduce al Cristo Mesías prometido y esperado, Hijo de Dios hecho hombre. La Iglesia no cesa de confesarlo cuando en su liturgia recupera día a día los salmos, así como los cánticos de Zacarías, de la Virgen María y de Simeón (Cf. Ps 132, 17; Lc 1,46-55; I, 68-79; 2, 29-32).

 Por ello, quienes consideran meros hechos culturales contingentes que Jesús fuera judío y que su ambiente fuera el mundo judío -hechos que a su juicio podrían ser reemplazados por otra tradición religiosa sin que la persona del Señor perdiera su identidad- no sólo desconocen el significado de la historia de la salvación, sino que, más radicalmente, atacan a la verdad misma de la Encarnación, haciendo imposible un concepto auténtico de inculturación.

 4. De todo lo dicho podemos sacar unas conclusiones que sirvan de orientación a la actitud del cristiano y a la labor del teólogo. La Iglesia condena con firmeza todas las formas de genocidio, así como las teorías racistas que las inspiran y que pretenden justificarlas. Podría recordarse la encíclica de Pío XI Mit brennender Sorge (1937) y la de Pío XII Summi Pontificatus (1939); este último recordaba la ley de la solidaridad humana y de la caridad hacia todo hombre, cualquiera que sea el pueblo al que pertenezcan. El racismo es, pues, una negación de la identidad más profunda del ser humano, persona creada a imagen y semejanza de Dios. A la malicia moral de todo genocidio se añade, con la Shoah, la malicia de un odio que ataca el plan salvífico de Dios sobre la historia. La Iglesia se sabe ella misma amenazada por este odio. La doctrina de Pablo en la carta a los Romanos nos enseña qué sentimientos fraternos, arraigados en la fe, debemos abrigar hacia los hijos de Israel (cf. Rm 9,4-5). Subraya el Apóstol: “en atención a los patriarcas” Dios los ama, ese Dios cuyos dones y llamada son irrevocables (cf. Rm II, 28-29).

 5. Estad ciertos de mi gratitud por la labor que estáis realizando en un tema de gran alcance y en el que estoy particularmente interesado. De esta manera contribuís a la profundización del diálogo entre católicos y judíos, de cuya renovación en los últimos decenios nos alegramos.

 A vosotros y a vuestros allegados os expreso mis mejores deseos, impartiéndoos de todo corazón mi bendición apostólica.

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